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Óscar: intenta dejar de fumar

Quince años y un cigarrillo ofrecido por un amigo. Ésta fue la primera vez que Óscar J. Robles probó el tabaco. Más de dos décadas después, y una cajetilla y media diaria, este empresario de las artes gráficas se embarca en su tercer intento 'serio' por abandonar el tabaco. En esta ocasión Rocío, su mujer, lo acompaña en el camino. Tiene claro por qué lo deja: por su salud, por ser un buen ejemplo para sus dos hijos y, en último lugar, por economía.

"He probado la hipnosis; no entré en trance pero salí muy relajado, estuve sin fumar unos 20 días y no sufrí ningún síndrome de abstinencia. También he recibido acupuntura pero no me sirvió de nada. Lo que mejor me ha ido es la línea de ayuda telefónica del hospital Carlos III. Desde el 19 de mayo estoy usando chicles y parches de nicotina y aprendiendo a cambiar mis hábitos. Estoy 'acojonado' porque sé todo lo que provoca y mi hija me dice que no fume porque me voy a matar. Esto es como Hacienda que, menos a un pequeño porcentaje, a la mayoría acaba metiéndoles la mano".

"Las medidas antitabaco del Gobierno me parecen una falsedad; el mayor beneficio se lo lleva el Estado. El tabaquismo les supone un gasto en sanidad pública que es inferior al dinero que obtienen a través del tabaco. No habría que prohibir fumar sino informar a la gente. Si, en un tiempo, mis hijos me dicen que fuman no se lo prohibiría, porque a mí me atrae más el cigarrillo furtivo que el legal. Lo que haría es proporcionarles información, que se pongan al día con lo que les puede pasar. Lo peor es aprender a vivir sin esa parte de mi vida, he fumado unos cuatro millones de veces. Hasta ahora el tabaco iba conmigo pero ahora quiero quitarme esas zapatillas e ir descalzo".







Eugenia: no imagina una vida sin tabaco

Un pitillo en la mano, todavía sin encender, que mueve mientras describe uno de sus vicios predilectos. Eugenia Arroyo tiene 30 años y lleva media vida fumando. Empezó pidiendo cigarrillos, se especializó en el tabaco negro -como su madre- y ahora consume siete cajetillas de rubio a la semana. En su puesto de trabajo -es ingeniera informática- no puede fumar y no sabe qué hará si, con la nueva ley, los locales que más frecuenta prohibiesen el consumo. Aunque de vez en cuando repite que debería dejarlos, no puede imaginarse su vida sin tabaco.

"El motivo principal que tendría para dejarlo sería el olor que provoca, es lo que más asco me da. La gente cree que dejarlo es muy fácil pero cuando me lo planteo me entra angustia y pienso que no voy a ser capaz; también está el miedo a engordar. He intentado dejarlo varias veces pero he recaído. Forma parte de mí y es difícil abandonar algo que te gusta, aunque sepas que es malo. El tabaco me da seguridad; cuando camino sola por la noche me da la impresión de que me ven menos débil si voy fumando. También me ayuda si estoy nerviosa, estresada o cuando me bloqueo en el trabajo".

"Pienso que está bien que haya sitios en los que no se pueda fumar, por ejemplo en el puesto de trabajo, para no molestar a las personas de alrededor. Ahora respeto más a mi compañera de piso, que no aguanta el tabaco, y me voy a fumar a otra habitación. Entiendo que se prohíba el tabaco en un restaurante, por la comida, pero lo comprendo menos en un bar. No me parece bien estar tomando una copa y tenerme que ir a fumar a una zona determinada. En España, al menos no se va a prohibir completamente el consumo en los 'pubs'. Aquí saben que el producto les da beneficios, sería ridículo decir a la población que fume en la calle. De todos modos, si realmente quieren que la gente lo deje, que lo ilegalicen".







Andrés: a la espera de la nueva ley antitabaco

Andrés Burgaz es el director de comunicación de uno de los bares irlandeses más frecuentados de Madrid, el 'Irish Rover'. Oficinistas, estudiantes y algún que otro futbolista 'galáctico' se mezclan en un ambiente en el que no suele faltar el alcohol y el tabaco. Aunque las zonas para no fumadores se limitan a una serie de mesas reservadas a la hora de la comida, en 2006 este local tendrá que reestructurarse para seguir permitiendo el uso de cigarrillos en él. Compuesto por unos 500 metros cuadrados, distribuidos en dos plantas, las zonas destinadas a fumadores no podrán ocupar más del 30% de la superficie.

"Este tipo de medidas no nos parecen mal, pretenden velar por la salud de la gente. Creemos que nuestra clientela se irá acostumbrando porque el cambio no sólo será en nuestro bar sino en todos los sitios. Lo que sí esperamos es que cuando la ley entre en vigor nos den un tiempo para ir adaptando todo de forma paulatina. Un camarero irlandés nos ha contado que en los 'pubs' de Dublín -donde no se puede consumir tabaco y no hay salas de fumadores- se han puesto estufas en el exterior para que la gente fume allí".

"Lo importante es usar el sentido común, no se trata de criminalizar al fumador. Si le das una opción, le dices que puede consumir en un área específica del local, no tiene por qué tomárselo mal. A los camareros que fuman se les darán descansos para que puedan irse a las zonas en las que estará permitido el uso de cigarrillos. Se trata de respetar a todos y de ofrecer alternativas. A día de hoy, que yo sepa, en nuestro bar ningún camarero ni cliente se ha quejado por el humo, cuidamos mucho la ventilación".







Cristina: ocho meses sin encender un pitillo

La cabeza bien alta y una amplia sonrisa. Cristina López lleva ocho meses alejada de un vicio que adoptó en plena adolescencia "por hacerse la mayor". Tiene 32 años y reconoce que es duro abandonar el tabaco, sobre todo sin ayuda, pero señala que se puede lograr si uno está convencido. Enfermera de profesión, esta ex fumadora pertenece a uno de los sectores en los que más se fuma, el sanitario. Se acabó el recomendar a los pacientes que abandonen un hábito tóxico que ella misma tenía.

"El 13 de junio cumplo nueve meses. Yo era de las que fumaba en ayunas pero una tarde me quedé sin tabaco y decidí no comprar más. Al principio lo hice sola pero desde la segunda quincena empecé a tomar uno o dos chicles diarios. Me considero una persona enferma, esto es una adicción, y he tenido que cambiar algunos hábitos como salir menos, ya que todavía no he desligado el tabaco del alcohol. Creo que ya he pasado lo peor, he engordado -uno de los motivos principales para no dejarlo- pero ahora ya estoy perdiendo peso".

"Para mí el tabaco era un placer y ahora creo que es una droga absurda. No sé qué es lo que tiene que crea una adicción tan fuerte. De todas formas, soy bastante tolerante con los fumadores. En mi casa puede fumar todo el que quiera, no se trata de que sean unos apestados. Cuando vienen les indico donde está el 'kit' del fumador y ya está. Se trata de establecer una tolerancia mutua. Habrá personas que no abandonen los cigarrillos y no hay que convertirlos en unos apestados. Es complicado dejarlo y es fundamental el apoyo de los médicos y los psicólogos".




Fuente: www.elmundo.es




Tres laringectomizados hablan de la nueva ley antitabaco a partir de sus propias experiencias. «Cuando te operan, tu vida empieza de cero. Tienes que volver a aprender a hablar»



La clase tiene lugar en la Asociación de Laringectomizados de Gipuzkoa (Aslagui), situada en el Instituto Oncológico de Donostia. Los alumnos superan los sesenta años y se juntan en grupos de cuatro personas. La asignatura es única: volver a aprender a hablar. Todos son víctimas del tabaco, y del cáncer de laringe. «Todos hemos empezado la vida de cero», admiten. Si hay alguien que puede ofrecer su experiencia a la hora de aportar una nueva opinión sobre la ley antitabaco son ellos. Del grupo, Juan, Vicente y Félix se animan a contar quiénes eran y quiénes son. Recuerdan cuándo empezaron a fumar, los paquetes que se fumaban, y el dramático día en que «algunos quisimos morir» cuando les dijeron que padecían cáncer de laringe. «Nos vaciaron por dentro», confiesan. Juan, Vicente y Félix hablan de vida y de muerte, de momentos dramáticos, pero también de esperanza, de familias destrozadas y de familias que empiezan otra vez a conocerse. Son tres vidas, tres historias y un enemigo común: el tabaco.



Tú sufrirás por el tabaco, pero tu familia lo hará aún más

De izquierda a derecha, Vicente Bergara, Juan Arranz y Félix Aso, en la Asociación de Laringectomizados de Gipuzkoa, que tiene su sede en el Instituto Oncológico de Donostia. [AYGÜES]




FÉLIX ASO

«Un día, de repente, me quedé sin poder hablar»

«Continuamente se habla de los males del tabaco, pero la gente sigue fumando. Resulta increíble ver la reacción de la gente cuando les dicen que tienen cáncer. Todos hablamos mucho, pero cuando te toca a ti...». Félix Aso (Errenteria, 1948) pregunta si se le entiende bien. Pero Félix, tras años de esfuerzo, ha aprendido a hablar con claridad. Su nueva voz, tras la laringectomía que le realizaron en 1991, resulta fina y suave. Su nueva voz transmite tranquilidad. «Hay mucha gente que cuando entro en un bar y ve que me han operado, tira el cigarro al instante. Pero, ojo, otros muchos no», señala.

Casado y con un hijo, Félix trabajó durante muchos años de impresor. Ahora enseña a hablar a decenas de personas que han sido operadas de cáncer de laringe. En Aslagui hablan de todo y, por supuesto, hablan de la ley antitabaco, a favor de la cual las asociaciones de laringectomizados de España han trabajado durante años. «Es un paso adelante, pero es una ley que se ha quedado a medias. No tiene sentido que se deje fumar en bares de menos de 100 metros cuadrados. Deberían haber prohibido hacerlo en todos los bares. De hecho, al final, el 99% de los bares permite que se fume. De todas formas, habría que luchar contra las tabaqueras, no contra el consumidor», apunta.

A los quince años. Esa fue la edad a la que comenzó este impresor de Errenteria a fumar. «Entonces no estaba mal visto, ni te advertían de que era malo. Donde más fumé fue en la mili. Yo cumplí el servicio en la cantina y allí fumaba dos paquetes al día. No hacíamos mucho más. Desde que acabé la mili seguí con mis dos cajetillas».

Félix siguió con sus dos paquetes diarios hasta que un día se quedó literalmente sin habla. «Tenía 38 años y salí una tarde a tomar algo. De repente, no podía hablar. Lo intentaba pero no articulaba palabra. Fui al otorrino y a más médicos y me dijeron que tenía un tumor. Así que me operaron. Cuatro años después me dijeron que se había vuelto a reproducir. Entonces fue cuando me vaciaron. Me extirparon la laringe. Aquello no se puede explicar. Empecé de cero».

Cuando se compara el alcohol con el tabaco, se suele recurrir, a modo de atajo, al tópico de que el tabaco daña a los demás, mientras que el alcohol sólo mata al alcohólico. Pero Félix cree que hay una tercera víctima del tabaco que sufre aún más que el fumador: la familia. «Ellos lo pasan peor que el paciente. Tú sufrirás por el tabaco, pero tu familia lo hará aún más. Incluso cuando estás en la cama del hospital, antes de operarte, tienes que tranquilizarles».



JUAN ARRANZ

«Es triste que los enfermeros salgan a fumar al pasillo»

Juan Arranz (Donostia, 1939) fue operado de cáncer de laringe el mismo año que el errenteriarra Félix Aso, en 1991. Esa fue la fecha del cambio. La fecha en la que Juan empezó «una nueva vida». «Pero yo no era muy fumador. Comencé a los 13 años y fumaba un paquete diario», recuerda. «Era algo normal. Nadie te decía que era perjudicial. De pequeño fumabas a escondidas, pero no pensabas lo malo que podía llegar a ser. Cómo es posible que un producto que viene precintado contenga sustancias tan malignas», se pregunta.

Como presidente de la Asociación de Laringectomizados de Gipuzkoa, Juan Arranz remarca que «los laringectomizados hemos sido los que más hemos luchado contra el tabaco. Hemos combatido a las tabaqueras y al Estado, quien en 2003 recaudó en impuestos por tabaco 7.000 millones. De hecho, la demanda que pusimos contra las tabaqueras está en el Tribunal de Estrasburgo».

Aunque considera «estupenda» la ley antitabaco, cree que en este país «no se le va a hacer ni caso. No es de recibo que en un bar de fumadores se vea a madres dando la papilla a su hijo con una mano y en la otra sostengan el cigarro. No hay derecho».

Juan Arranz lo tiene claro. «Para concienciar a la gente, una imagen vale más que mil palabras. Al día se diagnostican 50 casos de cáncer de pulmón a mujeres de 45 años. Eso es lo que habría que mostrar en imágenes en la televisión y en la prensa. ¿Qué es lo que va a pasar con sus hijos? Habría que insertar en las cajetillas imágenes aún más impactantes», señala Juan, que se levanta para mostrar en varias diapositivas un pulmón enfermo –negro– y otro sano. Juan Arranz, cocinero de profesión aunque ya jubilado, frunce el ceño. Su tono adquiere un cariz más melancólico cuando afirma «lo triste que es ver cómo los enfermeros que atienden a enfermos de cáncer salen a fumar al pasillo».

El presidente de Aslagui refuerza sus posiciones de alerta con datos. «Un joven de 18 a 24 años que fuma dos paquetes al día habrá sido intervenido o habrá fallecido antes de los 55 años». Arranz recuerda a muchos amigos suyos que han sido víctimas del tabaco. «En la asociación hemos visto morir a muchos compañeros a los que les habíamos enseñado a hablar. El laringectomizado debe tener mucho cuidado con el aire y los fríos. Hacemos vida normal pero tenemos un 20% más de probabilidades de padecer otro cáncer».

Tras recibir la embestida del tabaco, Juan Arranz subraya que «mucha gente que se somete a una laringectomía sufre unas depresiones terribles. La gente sale de la operación y muchos nos dicen que quieren morir. Afortunadamente, luego ven a gente que ha aprendido a hablar tras ser operados y se animan».

Mientras recuerda cómo vivió los días tras ser operado y subraya las clases que se imparten en Aslagui, Arranz critica la falta de logopedas. «En nuestra asociación hemos dado clases a logopedas, que luego se han marchado a dar clases a Baleares, Cataluña e incluso, a Ceuta».



VICENTE BERGARA

«Habría que indicar el veneno que añaden al tabaco»

«Indicar en la cajetilla todas las sustancias que le añaden al tabaco». Esa sería una de las primeras medidas que tomaría Vicente Bergara (Lasarte-Oria, 1944) para luchar contra la adicción. «Amoníaco... Quizá, la gente cogería así más miedo al tabaco», señala Bergara. Operado en 1994, casado y con dos hijos, Vicente Bergara compara a los fumadores de Occidente con los de Oriente. «En la India un niño de nueve años que empieza a fumar puede vivir hasta los 90 años. Y eso se debe a que a sus cigarros no les añaden tanto veneno».

Al igual que sus dos compañeros en Aslagui, Vicente también cree que la ley antitabaco se ha quedado «a medias. Yo, además, creo que si se mostraran más a menudo imágenes de un pulmón sano y de otro enfermo, la gente se lo pensaría dos veces antes de encender un pitillo».

Pero Vicente Bergara se aleja del prototipo de fumador empedernido al que a nadie le coge de sorpresa que haya contraído un cáncer de laringe. «Yo hice la mili en África, y allí sí que fumábamos, porque teníamos todo el tiempo del mundo para ello. Ya desde niño había empezado a fumar. Incluso cuando trabajábamos en el golf de Cádiz les quitábamos tabaco a los golfistas. Pero cuando regresé del servicio militar apenas fumaba en casa. Solía encender un pitillo al mediodía y otro a la noche».

Aprendiz de tornero desde los 14 a los 23 años, trabajador de Michelín en Lasarte y encargado de almacén de maderas en Urnieta, Vicente Bergara esboza una leve sonrisa melancólica cuando recuerda su operación de laringe. «Tuve que animar a mi familia. Se derrumbaron. Subí del quirófano a la habitación. Tenía el cuello hinchado y ya no hablaba. Es algo muy fuerte».

Bergara lamenta los efectos que puede causar en la gente una laringectomía debida al consumo de tabaco. «Hay gente a la que se le ha operado y se ha quedado en casa apalancada, sin querer salir porque le da apuro. Yo he ido a casa de algunas de estas personas para animarles a aprender a hablar».


Fuente: www.drogomedia.com(.pdf)




A vos, que tenés tantas ganas de vivir mejor y por ahí el humo no te deja, dale, queréte, deja de vivir pendiente del faso, sé más libre… No fumes...si yo pude, si estoy pudiendo, vos también!



No quiero contar mi larga historia con el faso. Alcanzará con decir que fui una tremenda y terrible fumadora. De las que no paró casi nunca, ni enferma. De las que con todos los números puestos para enfermarse no podía parar.

Y sin embargo, el año pasado algo sucedió, hubo algun click. Con un esfuerzo bravo, pude dejar de fumar. Me dí cuenta que quería vivir de otra manera y decidí actuar de acuerdo a ese deseo.

Puedo mostrarle a mis hijas y a mí misma que las putas tabacaleras no son más poderosas que mis ganas de vivir. Y sobre todo, me impresionó sentir que podía sacarme de encima la preocupación permanente que implicaba, tener cerca siempre un cigarrillo y estar segura de estar en lugares donde pudiera prenderlos. La esclavitud!!

Hace como 9 meses que no fumo. Y la idea es no fumar más, aunque lo llevo bastante en el día a día aún.

Pero además, no me hago la sota, no miro para otro lado e intento colaborar todo lo que puedo para que haya más y más espacios sin humo. Lo hago porque cuando se pudo mirar de frente el problema, hacerse el distraído no sirve. Lo hago porque tampoco me llamo a engaños: sé que seré siempre una fumadora controlándose, midiéndose, pensándose de otra manera distinta a la que fue mi habitualidad durante muchos años. Cuesta mucho trabajo, me cuesta un terrible esfuerzo de concentración diario el no fumar. Por eso está bueno trabajar para que haya más espacios sin humo. Por los que nunca fumaron, para los que se hartaron del humo nuestro que les tiramos sin preguntarles si querían y también para los que dejamos con tanto esfuerzo.

No quisiera ser fundamentalista ni ponerme densa con el dejar de fumar. Pero desde ya, si contribuir en algo para que alguien lo piense antes de empezar o ya habiendo empezado pueda pensarlo un segundo y dejar de fumar o mermar, lo haré. Ya se que cuando uno fuma, esto molesta un poco. Estoy segura que vale la pena correr ese riesgo.



Humo less



Acabo de perder hace pocos días a un buen amigo, una persona hermosa además, por el pucho. He despedido ya a demasiada gente por esta basura. Prefiero ser pesada como collar de bochas y molestar un poquito, para ver si alguien lo piensa unos minutitos aunque sea.

A vos, que tenés tantas ganas de vivir mejor y por ahí el humo no te deja, dale, queréte, deja de vivir pendiente del faso, sé más libre… No fumes...si yo pude, si estoy pudiendo, vos también!

Sugus





Visto en: Signos





El calendario de 2004 situaba la Semana Santa en unas fechas muy parecidas a las de 2009; de hecho sólo hay un día de diferencia y aquel año el Jueves Santo fue el 8 de abril... precisamente ese es el día en que dejé de fumar.



Fue algo medio improvisado. No tenía pensado dejar el tabaco aquel día sino que mi propósito era solamente empezar a leer ese best-seller titulado "Es fácil dejar de fumar si sabes como" que tan buenos resultados había dado a unas amigas meses atrás. No obstante cuando me levanté decidí improvisar un poco; decidí que, ya que mi intención era dejarlo una vez concluyera el libro, podía hacer una prueba aquella mañana para ver cuanto rato aguantaba sin encender el primer pitillo.


Aguanté más de lo que yo esperaba... van cinco años y un día.

No fue nada sencillo. La primera jornada fue durísima; tuve sudores fríos y no podía estar quieto... tuve que salir a la calle porque estar en espacios cerrados me producía sensación de agobio. Sufrí eso que llaman "mono". Pero lo conseguí: el día terminó; llegó la hora de ir a dormir y no había fumado ni un sólo cigarro. Además tenía la total certeza de que había pasado el peor día, de que el siguiente ya no podría ser tan duro... sabía que, en cierto modo, ya había ganado la batalla.

Las personas que me conocen no podían creerlo pues yo era lo que se puede llamar un fumador empedernido -más de tres paquetes diarios- y aun hoy hay quien me sigue poniendo de ejemplo para decir que si se quiere se puede dejar de fumar. Yo suelo bromear diciendo que lo hice para librarme de leer el libro.

El día que dejé de fumar

A mi lado, en el segundo cajón de la izquierda de la mesa desde la que escribo, está todavía mi último paquete de Bisonte, lo había empezado la noche antes justo antes de ir a dormir y sólo le falta un cigarro. El mechero reposa a su lado.

Aclaro que el objeto de esta entrada es sólo contar mi historia y "celebrar" el quinto aniversario; no es mi intención "demonizar" el tabaco ni decir a nadie que lo deje pues esto me parece una elección personal y entiendo que haya gente a la que realmente le guste fumar -yo era uno de ellos- y que ni siquiera se quiera plantear dejarlo. Eso si, a los que quieran dejarlo les aseguro que se puede.

Joroba


fuente: Tramps Like Us






Una forma diferente de dejar de fumar: sin planearlo, sin pensarlo.
Una clara demostración de que cuando algo se desea, se puede lograr.
En Dejar de Fumar, celebramos contigo tu quinto aniversario, deseándote que se multiplique en el tiempo





La puerta de la jaula no tiene llave..
Solo depende de que la empujes creyendo que se abre, para que
comiences a volar tu libertad!!



Al estar cumpliendo con mis deberes de ama de casa (los cuales no me satisfacen del todo), me puse a pensar y… de pronto caí en la cuenta que en fracción de segundos había adquirido boleto gratis para viajar en retrospectiva con destino a mis maravillosos 20 años… no a los años 20, aclaro, porque no es lo mismo… "cada noche me invento… tan joven y tan vieja like a Rolling Stone…” (ja)

Comencé a fumar primero por curiosidad, pero ¿de dónde me vino esa curiosidad? yo creo más bien que fue un patrón que se escondía tras ella, pues en realidad estaba más que claro que era el perfil de una visible imitación (la que más tarde, con los años se convertiría en una terrible adicción)…sí, efectivamente, de mis padres…herencia que más tarde en vida pasé yo a mi hija. No tengo nietos, no sé aún si los tendré algún día, pero pensando en ellos es que hoy recapacito de una forma “harakiriana”, y como lo dije en mi historia, “me obsequio con toda propiedad la más atinada blasfemia por el maldito momento en que no supe dónde rayos me dejé” causando tanto daño a mi paso…me caigo, pero eso sí, sacando fuerzas de lo que aún queda de mí, (que por fortuna todavía es bastante) me vuelvo a levantar…

En esta lucha no soy yo contra el cigarro, soy "Yo decidida" contra "Yo resistente" y como que me llamo María, vencerá la primera, así esta guerra me lleve más de 19 días y 500 noches, jaja. (perdóoon, no lo puedo evitar, es mi forma de serrr).

Pasado el tiempo, ante la peor decepción de la vida de mis años mozos, mi adicción pasó a más, es decir, de fumarme tres o cuatro cigarrillos de vez en cuando, se acrecentó a diez diarios, al presentarse ante mi espejo una verdad cruenta y vil:

“Eres tan fea María, que por eso te dejaron por otra”, o sea que mi adicción ya no sólo se escudaba en el factor “curiosidad o en el no pasa nada mis padres lo hacen también” sino en un complejo de inferioridad, tan complejo como mi “cordura” actual, que me llevó a aferrarme a “algo” que me diera (según yo) más seguridad.

Entonces comencé a contarme un cuento (ese mismo que muchos jóvenes se cuentan también): “un cigarro, te hará más interesante y todos te van a voltear a ver” y como me diera resultado, entonces ese pequeñín enemigo, pasó a ser mi pasaporte de seguridad ante los jóvenes apuestos, aunque yo siguiera sintiéndome tan fea como la bruja Cacle, cacle de La pequeña Lulú…

Mientras continuaba fregando trastes recordé también que ya enterados mis padres que mis hermanos y yo fumábamos, quedaba estrictamente prohibido hacerlo delante de los mayores porque era una falta de respeto…entonces me pregunté, viendo las gotas del agua resbalar por el vaso que revisaba a contra luz para cerciorarme que hubiera quedado perfectamente limpio…


Y ¿dónde rayos no escuché o no aprendí que fumar era más falta de respeto hacia mí misma?...




¡¡¡Me lo propuse y lo lograré!!!


No voy a negar que he tenido altas y bajas, ha habido días en que la “depre” está a todo lo que da, he tenido dolores de cabeza, vértigos, la presión arterial me ha subido, de pronto me siento extraña, me levanto con fuerte tensión en el cuello y espalda, pero he controlado muy bien la ansiedad sin llegar a perturbar la paz de mi casa… ha sido mínimo lo que llevo ganado de peso, mi ropa me sigue quedando bien, pero pienso intercalar mis planes y ya tengo cita con una nutrióloga…y ya que mi presión comienza a estabilizarse, comenzaré a caminar, pero definitivamente no dejaré que el aumento de peso (si se diera) me desanime ya que fue mi pretexto por muchos años para no dejar el cigarro y lo único que logré fue aferrarme a él con más fuerza y por más tiempo…

Ahora no lo voy a permitir, primero iré tras mi objetivo que es el abandonar totalmente mi adicción, eso es lo más importante para mí por el momento, lo demás, vendrá por añadidura… y en cuanto a todo esto por lo que estoy pasando, reconozco que mi organismo está en un proceso de ajuste, lo dañé por tantos años que ahora debo ser más tolerante y permitirle que vaya disfrutando cada día su mejoría…

¡¡¡Ah!!! pero eso sí, claro que no han faltado los “comprensivos” &@#$#@$ que me aconsejan que me fume un cigarrito y que toda mi tensión terminará: "uno no te hace daño, weyyy no pasa nadaaa” me insisten, y mi “yo” resistente aflora de inmediato con la más descarada tentación, (como el diablito de las caricaturas al oído: "es verdad, haz caso") pero mi “yo” decidida sonríe serenamente y le dice drástica: “ASÍ COMENZASTE DICIÉNDOME UN DÍA, “UNO NO TE HACE DAÑO”, Y ME LLEVASTE HASTA CASI DOS CAJETILLAS DIARIAS, pero ¡nunca más me volverás a convencer!..

Voy aprendiendo a tenerme más respeto y a amarme más, el cambio en mí generará cambios en los míos, lo que será altamente gratificante y ojalá que esto conlleve a generar cambios en otros muchos también. Si alguno entra a mi blog y no le convence mi forma de autoayuda para dejar de fumar, es más, hasta le parezca ridícula o falta de fundamentos básicos para convencer, sólo piense que la casualidad no existe, que más bien la “causalidad” ha sido la que lo llevó hasta allá; mi blog no es más que un amigo ficticio del que me aferré pero me trajo amigos reales que sin ellos no me habría sido tan fácil resistir, él sólo es un atajo, estúpidamente alegre pero muy seguro para llevarlos a ustedes a los blogs de mis amigos, ellos, han sido lo más hermoso que yo gané con esta experiencia…

…intégrense, y bríndense la oportunidad de pertenecer a este grupo de HÉROES que han sabido sostenerse a flote y a la vez, motivando a muchos (entre ellos a mí) a seguir sin volver la vista atrás…

Por lo pronto les digo que "SIGO" ¿okas?. Me he sentido tan bien y cada día que amanezco me refuerzo más en este pensamiento, porque en serio que ni tentación me ha dado el móndrigo cigarro y creo tanto en mí (porque soy terca de "nacencia") que nunca más, en lo que mi Dios me tenga reservado para permanecer aquí, volveré a tomar un cigarro ni siquiera para olerlo, ¡¡me lo propuse y lo lograré!!!

Maria

Visto en: blogeandoparadejardefumar





Gracias por sumar tu eslabón a la cadena María.
Nosotros pasaremos, pero llegarán otros para quienes estos testimonios serán importantes.
Nunca se sabe donde una semilla pueda germinar y dar frutos de grandeza.
Que la libertad y la sonrisa que haz logrado te acompañen siempre, y que en un amanecer cualquiera dentro de muchos años el canto de las aves libres te recuerden que aquí entre amigos lograste tocar un sueño y alzar tu vuelo.
Tus amigos de Dejar de Fumar.




Como ya muchos saben soy una fumadora empedernida y estoy dejando de fumar desde el año 2000. Ya estuve sin fumar durante siete meses en dos ocasiones, como también lo estuve durante cinco meses, dos meses, tres meses, un mes, una semana, dos días, horas, minutos añorando ese último cigarrillo y sufriendo con la idea del “nunca más”. Así que me declaro una adicta al tabaco y tengo plena conciencia de que se trata de una enfermedad. Todas las veces que fumé ese “único” o “último” cigarrillo reinicié una cadena sin fin. No hay caso, como dice mi compi Josses, “uno es demasiado, mil no bastan”.

La primera vez que dejé de fumar lo hice “a pelo”, o sea sin ayudas externas, ni internas y fue atroz. Yo sabía que el cigarrillo me estaba haciendo mal ya que fumaba dos paquetes por día y a veces, cuando pintaba, encendía uno mientras se estaba consumiendo otro en el cenicero. Me daba cuenta que algo andaba mal pero no podía dejarlo y creía que nunca iba a poder hacerlo pero no sé qué pasó y una mañana me desperté diciendo no fumo más. Debe haber sido difícil para las personas que estaban cerca de mí en aquel entonces porque me transformé en un volcán en plena ebullición y pude ver la fuerza que esta droga llamada nicotina tenía en mí.

La ansiedad era extrema. Conseguí estar siete meses sin fumar, ni sé como ya que la pasaba muy mal, no podía pensar en otra cosa que no fuese en el tabaco. Para calmarme me decía a mi misma de “aguantar” siete meses, creyendo que a los siete meses ya me habría olvidado de este falso compañero para siempre. Error, a los siete meses me fumé ese famoso cigarrillo de recompensa por haber “aguantado” tanto y luego vinieron otros miles y miles de cigarrillos más. Eso demuestra lo poderosa que es la mente, yo le había dicho siete meses y a los siete meses mi subconsciente cumplió la orden.

Me costó dos años volver a dejarlo, todos los días me decía “mañana lo dejo” sin resultado. Yo estaba pasando por un momento difícil y el stress sumado al cigarrillo me regalaron una pangastritis crónica y una insuficiencia respiratoria. No podía fumar pero mismo así seguía deseándolo. La neumóloga me pasó un remedio llamado “Odranal” (bupodrión) que calma el síndrome de abstinencia y mi tía me regaló el libro de Allen Carr, que explica la trampa del tabaco, y así pude volver a dejar el “pucho” por otros siete meses. Cuando recuperé mi salud un bichito escondido dentro de mi cerebro me dijo “uno solo, quiero uno solo” y así volví a la esclavitud por algunos meses pero lo seguí intentando, dejándolo y recayendo una y otra vez. Yo quería dejar de fumar sin querer. Como decía el Chavo “lo hice sin querer queriendo”. No conseguí dejarlo pero adquirí una cierta experiencia con el tema, me di cuenta que se puede vivir sin fumar y por sobre todo, que se está mucho mejor sin fumar. Finalmente me diagnosticaron EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) de leve a moderada. Yo nunca había oído hablar de esa enfermedad así que le pregunté a la médica si eso era cáncer y al responderme que no me quedé tranquila, bueno, medio tranquila ya que no fumaba más tranquila desde hacía mucho tiempo ya. Pero después supe que esta enfermedad es muy peligrosa y mortal lo que me asustó muchísimo, me asustó tanto que volví a fumar..



Rompiendo cadenas


Visto de fuera suena muy estúpido que haya vuelto a fumar, pero para un adicto no existe el sentido común y yo necesitaba de mi compañero para enfrentar esa noticia. En ese entonces me había entrado agua en el oído y estaba completamente sorda, lo que empeoraba las cosas para mi ánimo. Quería ir a un grupo de autoayuda pero como no podía escuchar decidí buscarlo por la internet y es así que conocí un foro de ex-fumantes fenomenal. De todos modos el famoso “uno solo” continuó rondando por mi cabeza y de tanto en tanto tenía recaídas. Entré en un círculo vicioso, ya que en ese entonces me volvía a levantar fácilmente gracias a los ánimos de la gente, pero no podía mantenerme en la abstinencia por mucho tiempo haciendo que fume y deje de fumar en una rueda sin fin.

Finalmente me harté, largué la chancleta y volví a fumar durante nueve meses consecutivos. Llegué a la conclusión de que no podía vivir sin fumar y perdí la motivación. No pude dejar de fumar con la ayuda del foro pero conocí varias personas allí, con algunas mantengo contacto hasta el día de hoy, conociendo a unos pocos personalmente. A decir verdad nadie te puede ayudar si no estás convencido de lo que quieres. Mientras tanto yo seguí leyendo los testimonios de los otros y fui aprendiendo a través de sus logros y fracasos. Me dí cuenta que dejar de fumar es un proceso y que cada uno tiene su tiempo. Algunos lo logran más rápido que otros, pero la cuestión es intentarlo hasta conseguirlo.

En el foro muchos consiguen dejar de fumar con un remedio llamado “champix” que logra apaciguar de una manera extraordinaria el síndrome de abstinencia, al que le tengo pavor. Así que fui a ver un neumólogo y le pedí la receta del susodicho remedio. Empecé a tomarlo sin mucha convicción pero con la idea de que tendría que conseguirlo, sea como sea y no sabía cómo sería. El tratamiento consiste en fumar y tomar las pastillas durante la primera semana y a la segunda semana dejar de fumar y seguir tomando el remedio durante unos meses más. A los tres días ya no sentía ganas de fumar pero seguía fumando porque mi mente continuaba queriéndolo. Ya había pasado una semana y debía dejarlo pero la noche antes del día D fumé unos cuantos cigarrillos pensando que no iba a lograrlo. A la mañana siguiente me desperté con un enorme dolor de cabeza y sin cigarrillos en casa, mi madrina Magui me mandó un mensajito en mi móvil para animarme y mi madris Nieves me mandó un mensaje por el messenger con más ánimos, a lo que dije, “hoy no voy a fumar” y no fumé y tampoco fumé al otro día, ni al otro y hoy hace dos semanas que no fumo.

Es la primera vez que mi mente piensa en “no quiero volver a fumar nunca más” y eso es un cambio muy importante en esta aventura de liberación. Por momentos siento un vacío y por otros ansiedad pero no deseo fumar, es más quiero librarme de esto para siempre. Me parece que este remedio es sensacional y no puedo desaprovechar esta ocasión ya que es muy pero muy caro.



Que decir? Me siento feliz, mi autoestima subió considerablemente y quiero agradecer a todos los compis que me acompañaron y acompañan en este proceso y decirles

HOY NO FUMO.

Olinda.







Nieta y Alejandro, en nombre de Dejar de Fumar deseamos que este sea el último intento.. el definitivo… Fuerza y mucho ánimo, que lo lindo está por venir!!




!Ayer volví a dejar de fumar!.

Es cierto, después de diez meses justos sin haber probado ni una calada de cigarrillo, hice la tremenda estupidez de retomar una adicción tan arraigada en mi “sesera” como absurda.

Los motivos que me llevaron a hacerlo de manera total y plenamente consciente, no hacen al caso. Cualquier cosa que os contara sería una justificación inutil sobre algo cuyo única finalidad es destruirnos a nosotros mismos.

Lo cierto es que en un ataque de “imbecilidad” extrema, volví a fumarme uno, dos tres y cuatro cigarrillos seguidos. Luego volví a recapacitar y estuve unos tres días sin probarlo. Una caladita, un cigarrillo “controlado” y al cabo de una semana comprando de nuevo tabaco.

A los diez días ya estaba en unas cantidades muy próximas a la adicción “insuperable” y lleno de remordimientos. ¡Después de diez meses!.

Pero afortunadamente comprendí que de los errores hay que sacar provecho. Me he autoanalizado muchas veces y sigo sin conocerme del todo. Pero llegué al momento inicial de mi primer cigarrillo, cuando tenía superada la estupidez adolescente y analicé las causas con las que entonces había “justificado” mi decisión de fumar. Me dí cuenta de que, en treinta años, no había cambiado nada en mi forma de “rebelarme”, y también volví a comprender lo absurdo de hacerse daño a sí mismo de manera tan estúpida.

Seguía comportándome como un niño de cinco años al que le han roto su juguete preferido. Pero yo no puedo llamar a Supernanny a los cincuenta, Así que tengo que actuar como un adulto, casi ya frisando la tercera edad, y comportarme como corresponde a una persona que “sabe” lo que debe y no debe hacer.

Por todo ello ayer me fumé el último cigarrillo, he puesto el contador a cero y espero, deseo y quiero que sea la última vez. Porque dejar de fumar es fácil, pero aún lo es más volver a fumar. ¡Adiós Marlboro!.

Carlos

Fuente: Alas de Plomo






Desde Dejar de Fumar sabemos que podrás con este vuelo Carlos, así que adelante!! Levanta tus alas y disfruta la libertad..




Les voy a relatar mi experiencia como fumador.


Comencé a fumar aproximadamente desde los quince años. Inclusive empecé por imitación y sentirme mayor, no sabia ni "golpear" al fumar y como a la semana lo aprendí y sentí un triunfo total. Que tontera la mía!!

Empecé con el cigarrillo " premier " del Perú. Despues en EE.UU el "marlboro rojo”. Fumaba diariamente aproximadamente quince cigarros e invitaba cinco. O sea que era una cajetilla diaria. E inclusive a veces fumaba antes del desayuno. Algunas veces en mi vida, quise dejar el vicio. Pero fracasé en mi intento, en varias oportunidades.


Una anécdota:

Mi vicio era tan fuerte, que una vez me iban a hacer un examen de sida, para operarme un hueso fracturado y le prometí a DIOS, si es que el resultado del examen a los pocos días, salía negativo, dejaría el cigarrillo. Pero como era tan fuerte mi adicción, a los pocos segundos, recapacité y le prometí que mejor dejaría el cigarro por una semana. O sea que salieron los resultados negativos y deje de fumar una semana.

Otra. Cuando vine por segunda vez a EE.UU, en el mismísimo avión, me provoco fumar un cigarro y al ver letreros como el que puse en este articulo, no podía. Y al ingresar al baño me encuentro con un pequeñísimo letrero con un dibujo de un cigarro con un recipiente, y una especie de cenicero en la parte de abajo. O sea que pase a hacer mi descarga de emociones. TREMENDO ERROR !!

A los pocos segundos, sonaría una alarma y me estaban tocando la puerta fuertemente, dos mujeres y un hombre de la tripulación, para decirme que estaba totalmente prohibido. Y en la escala en Colombia, había la posibilidad de que me regresaran al Perú y una multa de más de mil dólares. Felizmente la historia acabó con final feliz.

Al ir saliendo del avión para la escala, las aeromozas me sonrieron y me dijeron que no volviera a suceder. Uffff...de la que me salvé!

Después me enteré que ese recipiente, era para apagar un cigarro en caso de que alguien fumara. Que raro.





Memorias de un Gato sin humos
VAMOS MUCHACHOS...SI SE PUEDE!!...
TODA TU FUERZA ESTA SOLAMENTE EN TU MENTE!!




Hace aproximadamente cinco años, que no he fumado ni uno solo, pero fue dificilísimo dejarlo, recaí, caí y volví a caer. Realmente es un vicio fuertísimo. Después de dejarlo los primeros días, recaí en aproximadamente diez reuniones sociales y me fumé un cigarro entero. También, como le había prometido a July, hasta fumé a escondidas varias veces, escondiendo mi cajetilla en la maletera del carro, aunque después me sintió el clásico olor a cigarrillo.

Me parece realmente increíble, haber podido dejarlo. Pero en la perseverancia esta el éxito!

Pero, después de dos meses de haberlo dejado totalmente, cometí el tremendo error de fumarme un cigarro "camel" entero en el "break" de mi trabajo. Después ingresé a trabajar y sentía en la piel un escozor rarísimo, ganas de vomitar y me encontraba totalmente mareado, Entonces, tuve que pedirle permiso a mi Manager y salir a reposar en mi carro durante media hora hasta restablecerme. A raíz de eso NUNCA MAS volví a fumar y estoy seguro que seguiré así, ya que es un daño tremendo que hacemos a nuestro cuerpo.

Ahora veo a otros fumar y ni me provoca. Pienso que el primer mes es fundamental, si lo dejaste totalmente un mes, ya pasaste una barrera muy buena y sigue para ADELANTE!!

Ahora corro ocho millas (cerca de trece km) cada tres días, antes no creo haberlo podido hacer, e inclusive algunas veces llego a diez millas y esto ayudó a bajar mis niveles de Triglicéridos y Colesterol a niveles normales. Mucho mejor hacer deporte e intentar llevar una vida sana que seguir con algo que hace daño. Los invito a que dejen el cigarro y se sentirán ESTUPENDO muchachos!!

Opinión aparte mía creo que la fórmula es mas que todo fuerza de voluntad y perseverancia, y si recaes, no importa, llegará un momento en que ya no recaigas.

VAMOS MUCHACHOS...SI SE PUEDE!!...TODA TU FUERZA ESTA SOLAMENTE EN TU MENTE!!
aDIOS con DIOS: El Gato




En primer lugar, llevo muchos meses que no toso ni me duele nada. Antes sufría mucho de dolor de espalda, cervicales, lumbares, en cuanto tenía una tensión se me plantaba en el cuello o en las dorsales y siempre estaba destorciéndome, empastillándome o en el fisioterapeuta. Había llegado a pensar que era crónico. Ahora se ve que mis músculos reciben más oxígeno porque no me duele nada de nada desde que dejé de fumar, y no me han faltado tensiones.


Ya se me ha olvidado lo novedoso de la sensación, pero tengo las vías respiratorias limpitas y despejadas como patenas. La capacidad cardiorrespiratoria lo nota mucho, yo he vuelto a poder hacer aerobic de ese machacante, que antes ya no podía. No es que me entusiasme el aerobic, pero me gusta poder hacerlo si quiero.) Cuando se te pasa un poco la necesidad de estar completamente alerta para que no se te vayan las manos a las cajetillas ajenas te das cuenta que de la multitud de estresores diarios que te rodean te has ahorrado unos cuantos. Por ejemplo, yo viajo en metro y bus una hora para ir a trabajar. Imagínate esos viajes fumando como cosaca, te los pasas histérica esperando salir a la superficie con el cigarrillo en la mano, subiendo las escaleras de 3 en 3 para salir y fumar. Bonita forma de comenzar la jornada. Ahora en cambio puedo ir leyendo tranquilamente y empezar el día sin agobios. Te ahorras la tensión de las reuniones largas sin fumar, y de tener que salir a la puerta de la oficina, y de preguntar en los bares si se puede o no fumar, y los viajes en tren o avión pueden ser muy placenteros para los no fumadores. Aprendes a estar sentada tranquilamente en una habitación sin hacer nada, sin fumar, ni comer, ni morderte las uñas. (Al principio comes, pero luego también se te pasa.

Mientras estás dejando de fumar te parece que estás eternamente pendiente de no fumar y eso te crea estrés. Pero cuando ha pasado un tiempo razonable, te das cuenta de que antes estabas permanentemente pendiente de fumar y, como ya no lo estás, esto te libera una cantidad de energía, tiempo y tranquilidad que antes no tenías. La vida sigue igual que antes pero cuando llega navidad y haces tus propósitos de año nuevo te das cuenta de que ese lo puedes marcar como hecho y entonces puedes afrontar todas esas cosas que querías hacer y que eran incompatibles con el tabaco.

El proceso también tiene sus consecuencias negativas. Para la mayoría de la gente es inevitable engordar, aunque todo el que me lo ha contado lo ha hecho en tiempo pasado, es decir, luego se lo quitó. Yo he engordado 16 kilos, nada más y nada menos, y sólo últimamente parece que el progreso se ha detenido y puedo empezar a adelgazarlos. Ya llevo casi 4 (uffff, qué proeza!). Tú tranquila que la mayoría de la gente engorda 4 ó 5 y ya está, eso es un mes de dieta. Pero lo cierto es que mi proceso ha sido especialmente jodido, pues la abstinencia me desencadenó una depresión muy importante. Esto de dejar de fumar y deprimirse es más frecuente de lo que parece, ya venga la depresión más profunda o más llevadera, aunque la mayoría de las veces ni una misma ni su médico relaciona esa depresión con la abstinencia del tabaco. Y lo peor es que, como mantener la abstinencia es una cuestión de ánimo y de discurso personal interno, la depresión te lleva de vuelta al tabaco por la vía rápida.


Es francamente complicado deprimirse y seguir sin fumar cuando lo estás dejando pero yo tenía clara la relación entre las dos cosas y sabía que si recaía tendría que volver a empezar y volver a deprimirme, y no estaba dispuesta. Era sí o sí.

Esto no tiene por qué ocurrirle a todo el mundo, no os alarméis. Por aquí hemos pasado mucha gente y sólo unos pocos hemos sido tocados por el mal de la nube negra. Pero es bueno saber que puede ocurrir y que si os notáis el ánimo bajo por el camino no dilatéis el momento de acudir al médico de cabecera y contárselo.

Ahora estoy prácticamente recuperada de la depresión y he comenzado a quitarme los kilos con la ayuda de un gordólogo y las mismas técnicas que estxs chicxs me han enseñado para dejar el tabaco. A ver, las que no tenemos voluntad tenemos que buscarnos la vida con mil triquiñuelas. Ya no tengo ningunas ganas de fumar en ninguna circunstancia. Muy ocasionalmente me asalta un pensamiento automático relacionado con el tabaco, pero no me apetece fumar. Lo percibo como algo extraño y ajeno. Me resulta raro pensarme fumando, es como si hubiera sucedido hace miles de años o en otra vida. Tampoco me confío y recuerdo bien en qué cajón he guardado el mono, pero lo cierto es que a veces tengo la sensación de no haber fumado nunca. Es raro. Ahora que releo lo que he escrito, me parece una historia larguísima y plagada de dificultades (y también de beneficios), me parece la historia de alguien que se ha desenganchado de una droga dura, no del tabaco. Y lo cierto es que el destrozo anímico y psíquico ha sido similar, y la rehabilitación también.
He tenido que reaprender a pensar sin nicotina, a leer un párrafo y comprenderlo, a terminar un cuento corto y luego una novela, todo eso antes de estar en condiciones de devorar libracos inmensos en tiempo récord, que es lo que he hecho toda la vida. Y aún no leo como antes. No sé, supongo que mi grado de adicción era muy alto o que me apoyaba en el tabaco para solucionar algunas fallas previas, lo que ocurre muy a menudo, aunque casi nadie es consciente. Es lo que aquí hemos llamado a veces llenar los propios vacíos con humo de tabaco, que en cuanto se disipa el humo te das cuenta de que existen y de que en realidad siempre han estado vacíos.

¿Que si ha merecido la pena? Por supuesto que sí. Había alcanzado un nivel de dependencia insostenible, así no se podía vivir. Habría vendido a quien fuera y lo que fuera por un cigarro en un momento de necesidad y estaba viviendo situaciones que rozaban la indignidad personal. Sólo lamento haber tardado tanto tiempo en darme cuenta de que tenía que dejarlo y de cómo hacerlo.


Fuente: La Taberna Fantasma




El tabaco ligado fuertemente a la creación literaria, ¿mito o realidad?, buscando sobre este tema nos encontramos con este artículo de prensa plasmado por el escritor catalán Terenci Moix en la primavera del año 2000, en la que relata con maestría sus vivencias, emociones y opiniones en su relación de amor y odio con el tabaco.



He estado a punto de morir con la gentil colaboración de Tabacalera Española. Puedo hacer esta afirmación con absoluta certeza, porque he sido fiel a los productos nacionales desde 1957. El consumo salvaje de las marcas Celtas y Ducados me permite afirmar que los asesinos hablan mi idioma. Tampoco hay duda respecto al color: es negro, negrísimo, color culpa. Cuando he residido en el extranjero han sido Gitanes y Gauloises, con la aportación decididamente cutre de los Nazionale cuando viví en Roma. Y todos en cantidades tan ingentes que justifican el título de este artículo, al estilo de «Yo fui una madre soltera» o «Yo fui un Frankenstein adolescente». O, siguiendo con el cine: «Me llamo Lillian Roth y soy una alcohólica». Así, pues, confesión pura y dura. (...)

Estamos hablando, naturalmente, de una compulsión, pero en lenguaje llano puedo llamarlo obsesión, delirio y hasta locura. Sólo con epítetos un tanto desorbitados puedo calificar a los alucinantes momentos en que intenté desengancharme. Y esto en una época en que el enfisema ya había convertido mi caso en cuestión de vida o muerte. Vértigos, estados de histeria, alucinaciones, agresividad, eran algunos peldaños que me hacían subir directamente a la desesperación. Tales reacciones me hacían ver que casi cuarenta años de tabaquismo habían hecho su efecto. No era una constatación demasiado útil. El reconocimiento de un fallo y su enmienda no siempre van juntos; sobre todo cuando la adicción es tan traidora como para aportar a cada causa su justificación; sus coartadas a menudo múltiples. La primera de ellas: «Si no dejo el tabaco es porque no quiero. Y, después de todo, siempre hay tiempo para hacerlo».

Pero el tiempo transcurre, las facultades menguan, la basura va invadiendo los pulmones, al final los devora y la dependencia crece hasta convertirse en una esclavitud. Lo más lógico es reconocer de una vez que me he convertido en una piltrafa, pero los Ducados pueden más. Pertenezco a la raza de fumadores que quieren dejarlo... sin quererlo dejar. Con mi enfisema debidamente diagnosticado continué consumiendo el veneno y reduciendo mi calidad de vida al mínimo, por no decir a la nada absoluta. Nunca faltaron excusas. ¿Cómo iba a escribir una sola página sin mis aliados, los cigarrillos? Pero los Ducados no me han convertido en Joyce. ¿Cómo hacer el amor sin aspirar, después, una calada, como hacían las heroínas de la nouvelle vague? Pero no se me presentó la oportunidad, porque gracias al tabaquismo entré directamente en la impotencia sexual, con el consiguiente deterioro de mis relaciones de pareja. Pero seguí prefiriendo los Ducados a un acto de amor; y al cabo los preferí a la posibilidad de caminar. Tanto es así que el pasado año, tuvo que llevarme un coche desde el hotel Ritz al Museo Thyssen, donde daba una conferencia. No podía cruzar el paseo del Prado, pero de mis tres paquetes de Ducados no me apeaba ni el dios Neptuno, testigo de aquel dislate.

En tales circunstancias, no podía recurrir a las frases estilo «¡Virgencita mía, qué cruz me has mandado»! ; y no podía hacerlo porque la cruz me la busqué yo, aunque no sin ayuda A los dieciséis años recurrí al cigarrillo como tantos otros : no para hacerme el macho – comprenderán que esto siempre me importó un pito – sino como forma de distinción social aprendida en la moda y, desde luego, en los dioses del cine; pero las tabacaleras todavía no me alertaban con esa astuta advertencia que adornaría las cajetillas muchos años después, cuando ya era demasiado tarde: «El tabaco perjudica seriamente la salud». Santo aviso, pero ambiguo. El tabaco entraría a formar parte de las múltiples cosas que pueden dañar la salud en mayor o menor grado, pero nunca, en anuncios o cajetillas, he leído que los cigarrillos crean adicción. Y es aquí donde los fumadores perjudicados estamos en el derecho de exigir responsabilidad y de acusar a las tabacaleras de criminales.

(...) Son más poderosos que cualquier droga, pues mientras me convertían en adicto, en obseso, en esclavo, me hacían creer que me estaban ayudando. Pero ¿a qué? Los problemas, cualesquiera que fuesen, seguían existiendo aunque los disfrazase tras una cortina de humo. Más aún: generaban un nuevo problema, que no era sino el reconocimiento de mi irresponsabilidad. Si no fumaba caía en la desesperación; si fumaba me desesperaba por ceder. Y a fe que intenté dejarlo por todos los medios aconsejados: libros de ayuda, acupuntura, ondas electromagnéticas, parches de nicotina, pastillas, boquillas... Sólo que faltaba lo más importante: la decisión verdadera, asumida, de querer dejarlo realmente. Los cojones que Tabacalera me había arrebatado.

Mientras, el enfisema seguía su curso. Y el tabaco también. Una pintoresca pulmonía doble vino a completar el cuadro. Y a mayor peligro, más tabaco.
Enlazo con el principio: he visto a la Muerte cara a cara. No era como la de Ingmar Bergman, negra, ni como la de Woody Allen, blanca. Era azul, como un paquete de Ducados, y cada vez que en la clínica me agujereaban venas y arterias para introducirme sueros o sondas, o yo qué coño sé, imaginaba que me estaban incrustando cigarrillos. Después de todo es lo que había estado haciendo yo mismo durante 40 años. En esta excursión a las fronteras del Más Allá descubrí el único final de la abominación, que no es otro que romper con ella a rajatabla. Con ayudas pertinentes, llámense parches, pastillas, comidas—nunca saboreada antes—, horas de sueño, lo que sea pero siempre como elección inevitable.

Hace ya tres meses de esta decisión, y la esclavitud al cigarrillo se me aparece como algo lejano, como un engaño destinado a anularme. Y lo que más me maravilla es la rapidez de esta recuperación, la ausencia de sufrimiento —temor tan importante para quienes quieren dejarlo— la fácil eliminación de la nicotina —otro de los temores más extendidos—y, sobre todo, la insólita sensación de serenidad derivada de una autoestima que se va acrecentando a medida que pasan los días. ¡Esas sobremesas sin cigarrillos, cuando siempre pensé que serían el momento más delicado! Y esos mil actos que no podía efectuar sin ir fumando y que ahora cumplo tranquilamente. Sin añoranzas, sin recuerdos. No digamos ya el percatarme de que, en esos noventa días, mi cuerpo ha dejado de consumir más de seis mil cigarrillos. También el lujo de permitir que los demás fumen a mi lado, sin inmutarme, porque entre las cosas que no pienso hacer es convertirme en flagelo de fumadores; o sea, dictador de la salud ajena.

Me siento muy orgulloso de mí mismo, pero al mismo tiempo me tengo por estúpido por no haberlo dejado antes. Y es que el deterioro ha sido inexorable. Por más que haga a partir de ahora seguiré viviendo con mis facultades considerablemente disminuidas. Ninguna reforma conseguirá devolverme el trozo de pulmón que me falta, por no hablar de deficiencias cardiovasculares, sexuales y algunas bendiciones más. Mi falta de voluntad me ha convertido en un medio hombre. Y todo gracias a Tabacalera Española, que me presentó a mis asesinos cuando tenía la tierna edad de dieciséis años y no estaba en condiciones de reconocer los variopintos disfraces de la Muerte.

TERENCI MOIX


Terenci Moix: Fumando muero

Terenci Moix fallece tres años más tarde, en abril del 2003, a los 61 años. "Quiero vivir". Así se expresaba poco antes de abandonar la clínica Teknon de Barcelona para acabar sus días en su piso de la ciudad.

Moix se aferró a la vida hasta el último instante, inmerso en su mundo personal y rodeado de sus amigos. Murió sin dolor. El escritor falleció a consecuencia de un paro cardiorrespiratorio provocada por su afección "pulmonar obstructiva crónica". Sufría una fuerte adicción al tabaco y no dejó de fumar hasta apenas 30 días antes de su muerte, incluso cuando llevaba ya la bombona de oxígeno. Su enfermedad se complicó por una grave osteoporosis con rotura de una vértebra y debilitación general de todos los huesos, causada por la fuerte medicación que recibía.

Fuente: www.elpais.com




Yo provengo de un estirpe largo y destacado de fumadores. Hablando la pura verdad, yo no puedo recordar a mi madre sin un cigarrillo Tareyton (o dos) encendido en todo momento. Mi padre, quien murió en paz a la edad de 83, fumaba dos paquetes de Lucky Strikes no filtrados al día durante medio siglo. Lo dejó tarde en sus 60 y nunca parecía haber sufrido del vicio. (En cambio, mi mamá, quien murió temprano en sus 60 vivía el suplicio de un cáncer agónico durante la última década de su vida.)

El fumar formaba parte de la vida cotidiana en nuestro hogar. Los vecinos nos visitaban para tomar café y fumar cigarrillos. Había ceniceros en todos los cuartos de la casa, (con la excepción de las recámaras) y los del viejo DeSoto siempre estaban colmados de colillas. La cena nunca terminaba con el postre sino que los adultos saboreaban el último plato de café con cigarrillos después de cada comida -- inclusive el desayuno.

Mis hermanos y hermanas tenían que esperar hasta sus cumpleaños de los 16 para entrar plenamente en el rito. Después de soplar las velas, cada cual recibía un paquete envuelto de regalo que contenía un paquete de cigarrillos de los padres y una invitación a fumar con los adultos. Como el menor, y más rebelde de la familia, se me concedió a mí una entrada temprana en el club a la edad de 15 años. Cinco meses antes de mi cumpleaños de los 16, después de encontrar mi escondite lleno de cigarrillos por enésima vez, mis padres se rindieron ante la realidad y me dieron el permiso de fumar en su presencia.

Fumé durante muchos, muchos años. En la secundaria, fumaba Camel sin filtro. En parte escogí mis cigarrillos según los requisitos de mi economía personal –- pocos fumadores principiantes pedirían un cigarrillo no filtrado -- y en parte por el factor "suave" que impartía el fumar los verdaderos clavos de ataúd. Durante los tiempos estrechos, yo liaba mis propios cigarrillos con el tabaco Drum. Como un joven redactor de texto, mi cenicero siempre en ascuas se desbordaba de forma continua y un paquete nuevo de Marlboro Lights siempre me esperaba al mero alcance de mi máquina de escribir. El fumar y el escribir van juntos como el Fred Astaire y la Ginger Rogers de los hábitos. Inclusive ahora, como un escritor no fumador, es difícil imaginar el uno sin el otro. Atascado en una parte del texto, Ud. se fija detenidamente en la hoja y jala profundamente en su cigarrillo. Al estallarse en los circuitos del cerebro este nuevo vaho, cerrando circuitos pequeños y haciendo enardecerse las neuronas cerebro adentro, la frase exacta de repente se plantea encandilada ante el ojo mental. Sus dedos corren a teclear las palabras antes de que desaparezcan; sus dientes se aprietan duro en el filtro, y el humo viene saliendo a chorros por las narices. Unos momentos después, se inclina en su silla para contemplar la frase que acaba de escribir, y para celebrar esta victoria pequeña: otra bocanada de humo de cigarrillo.

Por el hecho de que los cigarrillos fueron tan íntegros a mi vida por tantos años, dejar de fumar nunca era fácil. A través de los años lo he dejado por períodos que varían entre menos de una hora hasta más de 8 años. He parado en seco, he masticado el chicle y me he puesto el parche. (Yo he encontrado que este último es la herramienta más eficaz.) Por los últimos 13 meses he estado libre de nicotina. Creo yo que esta vez será la última vez que aguanto los horrores de dejarlo. Mi momento de revelación tabacalera vino cuando me agarró un espasmo de toser que por poco me causó la pérdida del conocimiento. Mientras que tosía espasmódicamente, veía estrellas, y me inclinaba en la pared de la ducha en el intento de mantener mi equilibrio. Hace ya más de un año, me di cuenta que el morir de enfisema, el de cáncer del pulmón, o algo parecido sería una manera horrible de dejar el mundo. La manera más eficaz de evitar tal destino es quedarse alejado de los cigarrillos desde un principio.


fumar te quita vida

Sin embargo, si hay un más allá (y me admiten a mi como postulante), yo en definitiva voy a pedir la sección fumadora.

(Robert Giantz, Berkeley, California)

Fuente: wwwparamisalud.com




Tal vez hayas intentado dejar de fumar muchas veces pero ¿cuántas, realmente cuántas, en lugar de sólo intentar, DECIDISTE dejar de fumar?



Los consejos no sirven ni a quien los da. Lo que sigue no pretenden ser consejos para dejar de fumar. Digamos que no tengo nada mejor que hacer y por ello lo escribo, de modo que si tú tampoco tienes nada mejor que hacer, poco pierdes con leerlo. Si de algo te sirve, ¡bien! y si no, sabes que no necesitas volver a pulsar el enlace que te trajo hasta aquí.

Dejar de fumar, como todo lo que empezamos y terminamos con éxito, necesita un motivo; las cosas no tienen sentido sin una motivación. La presión que ejercen quienes están a nuestro alrededor para que dejemos el cigarrillo es el peor de todos los motivos. Pensar en la salud tampoco es un buen motivo ¿no se enferma, acaso, y también muere, gente que nunca ha estado en contacto con el cigarrillo ni siquiera en forma "pasiva"? Siempre encontraremos una excusa que hará de la salud un mal motivo para dejar de fumar, aunque, sin duda, sería mejor despertar por las mañanas sin ese dolor de cabeza tan fastidioso cada vez más frecuente; y poder subir los cuatro pisos -cuando no sirve el ascensor- sin tener que descansar cada tantos escalones para tomar aliento; o, en una buena fiesta, poder bailar a buen ritmo (digamos buena salsa o buen merengue... digo, o rock 'n' roll si te va mejor) más de media hora seguida sin tener que sentarte a descansar; o poder correr y jugar con los chicos sin agitarse. Pero ya esto no tiene que ver con salud sino con subir escaleras, bailar o disfrutar con los chicos... podría servir como motivo... te propongo otros:

• Puedes pensar en dejar de fumar porque a tus hijos, a tus padres o a tu "lo-que-sea" (gente que te sea muy querida) le gustará y se llevarán una gran alegría el día en que tú dejes de fumar. Nos consta que quien primero se alegra con la alegría que recibe un ser querido es quien la proporciona (tú en este caso); entonces, hazlo como un regalo a esa(s) persona(s) tan especial(es) para ti (no porque ellos te lo piden sino porque tú decides dárselo) y, por supuesto -como todo buen regalo es siempre una sorpresa-, se lo dirás sólo cuando el hecho esté consumado: no dirás "voy a dejar de fumar" sino "dejé de fumar". Yo, decidí hacerlo como un regalo de Navidad para mi familia; quien me dió la idea lo hizo como regalo de "día de las madres" para su mujer, en fin, cada quien deberá buscar su "día" especial.

• Puedes pensar en dejar de fumar porque quienes están a tu alrededor (tú gente querida -no me refiero a tus vecinos ni al panadero o al compañero de trabajo y mucho menos a los desconocidos-), no tienen la culpa de tus gustos, hábitos o vicios -como quieras llamarle- y no tienen por qué sufrir las consecuencias. Puedes pensar en cosas como mantener limpio el aire que respiran tus hijos, por ejemplo. Podrías decirme que no fumas en donde estén ellos... ¡bien! eso hacía yo; ahora piensa en todo el tiempo que no pasas con ellos, sólo por poder fumar en donde ellos no están. "¿Puedo ir contigo?" "¡No!" y claro, si va contigo, ¿cómo vas a hacer para fumar sin "ahumarle" su ambiente?

• Puedes pensar en dejar de fumar porque si sumas lo que gastas al mes en cigarrillos, te darás cuenta de que hay cosas que quieres y podrías tener pero no tienes porque ¡las conviertes en humo!; simplemente, ¡te las fumas!

Puedes usar cualquiera de esos motivos, o todos. Puedes agregar más motivos a la lista o hacer tu propia lista de motivos. Lo importante es que sean tus motivos, no míos ni de la gente que a tu alrededor te está continuamente diciendo "tienes que dejar de fumar". Son tus motivos y es tu decisión.

Una vez que encontraste tus motivos y decidiste (fíjate bien: DECIDISTE) dejar de fumar, no necesitas que sea "noticia de última hora". Con que tú lo sepas -cosa por demás estrictamente necesaria-, es suficiente. Los demás ya se enterarán y pasado el tiempo -incluso quienes pensaron que nunca lo dejarías- te dirán "oye... hace tiempo que no te veo fumar ¿lo dejaste?"

Ahora que tienes motivación y decisión puedes apagar inmediatamente el cigarrillo que tienes encendido y deshacerte de esa cajetilla que tienes abierta (y cualquier otra que tengas a tu alcance), o tomarte las cosas con un poco menos de dramatismo... al fin y al cabo ¿cuánto hace que fumas? ¿10, 20, 30 años?... dos, tres o seis meses más, no van a hacer diferencia alguna. Yo me lo tomé con la calma necesaria como para crear un tercer elemento: el convencimiento de que podía lograrlo. En mi opinión -no soy experto en la materia pero estoy convencido de que no hay "expertos en la materia", sólo estadísticas provenientes de estudios que a veces, incluso adolecen de seriedad porque responden a "intereses" que pagan para que los estudios den por resultado conclusiones preelaboradas que a la larga terminan siendo un gran fraude- en mi opinión, decía, el problema con el cigarrillo está más en el hábito -el condicionamiento, la necesidad de tener un cigarrillo encendido entre los dedos o en el cenicero al alcance de la mano, algo que hacer cuando no hay nada que hacer- que en lo adictivo de la nicotina en sí. En los tiempos en que trabajaba en arquitectura y no había autocad, encendía un cigarrillo, lo colocaba en el cenicero sobre la mesa de dibujo y seguía trabajando. Al rato me daba cuenta de que el cigarrillo se había consumido por completo y encendía otro; de este modo, entretenido en el dibujo, podía pasar horas sin fumar pero, eso sí, cada cierto tiempo, una mirada al cenicero y la mano que se mueve para encender un cigarrillo... ¿adicción o "acto reflejo"?.

Mi experiencia no tiene necesariamente que serle útil a nadie más, pero, por si lo fuera, aquí queda: encontré el motivo, tomé la decisión, le puse fecha y seguí fumando como hasta entonces. Cada vez que encendía un cigarrillo -y adicionalmente cada vez que me acordaba-, repetía en mi mente la decisión tomada, no como una posibilidad, sino como algo verdaderamente cierto: "el 24 de diciembre dejo de fumar" y, por supuesto, pensaba en el motivo que le daba sentido a la afirmación. No había presiones ni nadie recordándomelo. Eramos yo y yo. Si no lo lograba, nadie se enteraría siquiera de que en algún momento tuve la intención y, por otro lado, cada vez que me cruzaba por la cabeza la idea de que podía no lograrlo, la desechaba con otro pensamiento mejor: "esa opción no está planteada" ¿qué más puedo decir? Llegó el día previsto. No recuerdo el momento en que encendí el último cigarrillo que me quedaba ni cuando eché la cajetilla vacía y arrugada -como cualquier otra hasta entonces- a la basura; lo cierto es que ya no sentí la necesidad de comprar más y ese día le dije a mi familia: "hoy dejé de fumar".


como dejar de fumar


Fuente: www.arrakis.es




Sensaciones al aparecer el arco-iris que cada uno llevamos dentro. Me costó mucho -20 meses- puesto que estaba totalmente enganchado. Pasé la mitad de mi vida dependiente de esa “calada”, de un cigarro con más de 100 compuestos tóxicos que nos meten para provocarnos adicción y mantener así un negocio a nivel mundial. Pero así como expresamos los momentos malos, las dificultades, también es bueno decir lo que se siente al considerar que has logrado alcanzar el objetivo. Quizás a alguien pueda servirle el saber a dónde se llega.

Ha salido mi arco-iris, y es precioso, grande, con todos sus colores, resplandeciente y brillante, destacándose sobre el cielo azul marino, con una semicircunferencia que ilumina y que invita a entrar. Si, apetece entrar dentro de él, es como si una fuerza te empujara a su interior.




Sensaciones Positivas (Jabo)


Estoy mucho mejor ahora, me considero una persona afortunada, feliz, de buen humor, optimista, con entusiasmo, ganas de hacer cosas, sereno, tranquilo, relajado y con paz interior. Me siento apoyado, y a la vez apoyo. Enseño y aprendo. Me siento liberado, libre y disfruto de la vida en toda su plenitud, a cada instante cada circunstancia es motivo de ser vivida a tope.

Todos tenemos “vallas que saltar”, ya sean personales, de pareja, hijos, amigos, laborales, de salud. A diario he de saltar mis particulares “vallas”, pero lo hago con entereza y decisión, y así, me resulta mucho más fácil saltarlas. No han cambiado mis problemas, he cambiado yo, y la forma en que me enfrento a ellos y los supero.

Doy gracias por haberme liberado de esa adicción y os deseo a todos lo mismo, que salga vuestro arco iris.

Con cariño.

Jabo







Un jurado de Miami ha condenado a cinco empresas tabacaleras a indemnizar, a medio millón de fumadores físicamente perjudicados por los cigarrillos, con la astronómica suma de 145 mil millones de dólares. El tribunal había decidido, antes, que aquellas empresas delinquieron ocultando información sobre los perjuicios del tabaco y utilizando en la producción de cigarrillos sustancias que aumentaban la adicción. Aunque, desde que dejé de fumar, hace treinta años, detesto el cigarrillo y a sus fabricantes, la sentencia no me ha alegrado tanto como a otros ex-fumadores, por razones que me gustaría tratar de explicar.

Empecé a fumar cuando tenía siete u ocho años de edad, en Cochabamba. Con mis primas Nancy y Gladys invertimos nuestras propinas en una cajetilla de Viceroys y nos la fumamos entera, bajo el árbol del jardín, en la casa de Ladislao Cabrera. Gladys y yo sobrevivimos, pero la flaca Nancy tuvo vómitos sobrecogedores y los abuelos debieron llamar al médico. Esta primera experiencia fumatélica me disgustó muchísimo, pero mi pasión por ser grande de una vez era más fuerte que el asco, y seguí fumando para parecerlo, aunque, estoy seguro, sin el menor placer y a escondidas, todos los años de la secundaria. Mi adolescencia universitaria es inseparable del cigarrillo, de los ovalados Nacional Presidente de tabaco negro y algo picante que fumaba sin parar, mientras leía, veía películas, discutía, enamoraba, conspiraba o intentaba escribir. Tragar y echar el humo, en argollas o tirabuzones o como una nubecilla que se iba descomponiendo en figuras danzantes, era una gran felicidad: una compañía, un apoyo, una distracción, un estímulo. Cuando llegué a Europa, en 1958, fumaba un par de cajetillas diarias cuando menos, y debían de haber acariciado mis pulmones ya los humos y humores de varios millares de cigarrillos.


El descubrimiento de los Gitanes, en París, catapultó mi afición al tabaco; pronto pasé de dos a tres paquetes diarios. Fumaba todo el día, empezando inmediatamente después del desayuno. No podía fumar en ayunas, pero, luego del café cargado y el croissant, esa primera aspiración de humo espeso me hacía el efecto del verdadero despertar, del comienzo del día, del primer impulso vital, de la puesta en marcha del organismo. Recuerdo perfectamente bien que tener un cigarrillo encendido en la mano se convirtió en el requisito indispensable para cualquier acción o decisión, trivial o importante, de la vida: abrir una carta, contestar una llamada por teléfono o pedir un préstamo en el banco. Fumaba entre plato y plato a la hora de las comidas y en la cama, dando la última pitada cuando el sueño me había arrebatado ya parte de la conciencia.


Por esa época, mediados de los sesenta, un médico me advirtió que el cigarrillo me estaba haciendo daño, y que, si no lo suprimía, debía por lo menos reducir drásticamente la ración de tabaco. Vivía atormentado con problemas de bronquios, y los inviernos parisinos me tenían estornudando y tosiendo sin cesar. No le hice caso, convencido de que sin el tabaco la vida se me empobrecería terriblemente, y que, incluso, hasta perdería las ganas de escribir. Pero, al trasladarme a Londres, en 1966, intenté un acomodo cobardón con mi vicio solitario: fumar, en vez de los amados Gitanes, los esmirriados y rubiones Players Number 6, que tenían filtro, menos tabaco y que nunca me acabaron de gustar. Lo hice porque empecé a sentir, en las tardes o noches, a causa de la intoxicación de nicotina, unas punzadas en el pecho que sólo amainaban bebiéndome un vaso de leche. Pero no fueron los bronquios maltratados ni las punzadas pectorales, sino un médico de Pullman, cuyo nombre, oh ingratitud humana, he olvidado, lo que me decidió por fin a dejar de fumar. Estaba allí, en esa remota localidad favorecida por las tormentas de nieve y las rojas manzanas del centro del Estado de Washington, de profesor visitante, y mi simpático vecino, profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad, me veía fumar como un murciélago, día y noche, francamente espantado. Muy en serio, en nombre de nuestra flamante amistad, me pidió que le regalara medio día de mi vida. Lo hice, porque me caía muy bien, pero advirtiéndole que era genéticamente alérgico a las conversiones (religiosas, políticas o medicinales). Sonrió, comprensivo, y me llevó al hospital de la Universidad, donde, durante tres o cuatro horas, me dio una clase práctica contra el cigarrillo.


Salí de aquella visita convencido de que los seres humanos somos todavía más estúpidos de lo que parecemos, porque fumar constituye un cataclismo sin remedio para cualquier organismo, como puede comprobar cualquiera que se tome el trabajo de consultar la enciclopédica información científica que existe al respecto y que no ha podido ser rebatida por ninguna de las comisiones de científicos contratadas por las compañías tabacaleras para tratar de contrarrestar las abrumadoras conclusiones de todas las investigaciones independientes sobre los efectos del tabaco, y, pese a ello, existen todavía -y sin duda seguirán existiendo- millones de fumadores en el mundo. Tal vez lo que más me impresionó fue advertir la absoluta desproporción que, en el caso del cigarrillo, existe entre el placer obtenido y el riesgo corrido, a diferencia de otras prácticas, también peligrosas para la salud -me resisto a llamarlas vicios-, pero infinitamente más suculentas que la tontería de tragar y expeler humo. Ahora bien, a pesar de haber sido tan fanáticamente persuadido por mi amigo de Pullman de la barbaridad criminal que era fumar, seguí haciéndolo por lo menos todavía un año más, sin atreverme a dar el paso decisivo. Pero, eso sí, descompuesto por el temor y la mala conciencia y los remordimientos cada vez que encendía un cigarrillo.


Fumando espero. (Mario Vargas Llosa)

Dejé de fumar el día de 1970 que abandoné Londres para irme a vivir a Barcelona. Fue mucho menos difícil de lo que temía. Las primeras semanas no hice otra cosa que no fumar -era la única actividad que tenía en la cabeza-, pero me ayudó mucho, desde el primer momento, empezar a dormir por fin como una persona normal, sin los accesos de tos que antes me despertaban varias veces en la noche, y despertar en la mañana con el cuerpo fresco, sin la fatiga de antes. Resultó divertidísimo descubrir que había olores distintos en la vida -que existía el olfato-, y, sobre todo, sabores, es decir que no era lo mismo dar cuenta de un churrasco con arroz que de un plato de garbanzos. Juro que no es una exageración, pero el tabaco me había estragado por completo el sentido del gusto. Dejar de fumar no afectó para nada mi trabajo intelectual; por el contrario, pude trabajar más horas, sin aquellas punzadas que antes me arrancaban del escritorio, mareado, en busca del vaso de leche. Las consecuencias negativas de dejar de fumar fueron el apetito, que se me multiplicó, y me obligó a hacer ejercicios, dietas y hasta ayunos, y una cierta alergia al olor del tabaco, que, en países donde todavía se fuma mucho y por doquier, como en España o América Latina, puede complicarle la vida bastante al ex-fumador.


Como suele ocurrir con los horribles conversos, en los primeros tiempos me volví un apóstol del anti-tabaco. En Barcelona, una de mis primeras conquistas fue García Márquez, a quien, una noche, en un bar de la calle Tuset, lívido de horror con mis historias misioneras sobre los estragos de la nicotina, vi arrojar la cajetilla de cigarrillos a la pista y jurar que no fumaría más. Cumplió lo prometido. A varios de mis amigos de esos años convencí de que dejaran de fumar y adoptaran vicios más sabrosos y benignos, pero fracasé estrepitosamente con Carlos Barral. Mi celo apostólico fue mermando con los años, sobre todo a medida que, en buena parte del mundo, se multiplicaban las campañas contra el cigarrillo, y el tema adquiría en ciertos países, como Estados Unidos y Gran Bretaña, ribetes paranoicos, poco menos que de cacería de brujas. Hoy día es imposible, en esos países, no sentir una cierta solidaridad cívica con los fumadores, que han pasado a ser, en muchos sentidos, ciudadanos de segunda clase: perseguidos, prohibidos de practicar su adicción casi en todas partes, se los nota, además, acomplejados, avergonzados y conscientes de su lastimosa condición, como los leprosos en la Edad Media.


Desde luego, es muy justo que las compañías que fabrican cigarrillos sean penalizadas si han ocultado información, o si -delito todavía más grave- han utilizado sustancias prohibidas para aumentar la adicción, pero ¿no es una hipocresía considerarlas enemigas de la humanidad mientras el producto que ofrecen no haya sido objeto de una prohibición específica por parte de la ley? Hay quienes reclaman esa prohibición, considerando que el Estado tiene la obligación de proteger la salud pública y precaverla contra un producto cuyos efectos son devastadores sobre el organismo. Quienes así piensan han olvidado, sin duda, lo ocurrido con la famosa ley seca en Estados Unidos, que, en vez de poner fin al consumo de alcohol, lo incrementó, y además trajo consigo un aumento feroz de la criminalidad, el contrabando y la violencia callejera. O lo que ocurre hoy mismo con drogas como la marihuana y la cocaína, cuyo consumo, pese a las prohibiciones y persecuciones, aumenta de manera sistemática, así como las mafias y la corrupción que rodea a la poderosísima industria del narcotráfico.


El tabaco es muy dañino, y quienes fuman se juegan no sólo la vida sino la invalidez y la disminución paulatina o brutal de sus facultades físicas e intelectuales, y la obligación de los Estados, en una sociedad democrática, es hacérselo saber a los ciudadanos de modo que éstos puedan decidir, con conocimiento de causa, si fuman o no fuman. La verdad que esto es lo que hoy está ocurriendo en la mayor parte de los países occidentales. Si un estadounidense, francés, español o italiano fuma, no es por ignorancia de lo que ello significa para su salud, sino porque no quiere enterarse o porque no le importa. Suicidarse a pocos es un derecho que debería figurar entre los derechos de la persona humana. La verdad es que esta es la única política posible, si se quiere preservar la libertad del individuo, una libertad que sólo tiene sentido y razón de ser si este individuo puede optar no sólo por aquello que lo beneficia, sino también por lo que lo daña o perjudica. ¿Qué libertad sería aquella que sólo permitiera optar por el bien y lo bueno, y excluyera de la elección todo lo malo y perjudicial?


El alcohol es probablemente tanto o más dañino que el cigarrillo, y sus consecuencias sociales son sin la menor duda más trastornadoras y trágicas que las de la nicotina, como lo prueban los accidentes de tráfico de cada día provocados por las borracheras de los conductores o los desmanes de los hooligans en los estadios ingleses. Y, sin embargo, todavía a nadie se le ha ocurrido desencadenar contra las compañías cerveceras, o las destilerías de whisky y de vodka, las campañas cívicas y legales con que son acosadas las tabacaleras. Si se reconoce al Estado el derecho de velar por la salud de los ciudadanos hasta sus últimas consecuencias, la libertad -el derecho de elegir- desaparecería incluso de los manteles del hogar. Porque la comida es, acaso, una de las mayores causantes de las enfermedades y catástrofes para la salud que devastan a la sociedad humana. Por exagerado que parezca, más bípedos mueren de comer mucho y de comer mal, que de comer poco o de no comer. De modo que si se confiere a los gobiernos o a los tribunales la decisión final del porcentaje de nicotina que debe permitirse ingerir a los individuos, con la misma lógica habría que autorizarlos a determinar las calorías lícitas e ilícitas que deben componer las dietas de las familias.


Aunque, a primera vista, la decisión de aquel jurado de Miami de multar con esa cifra astronómica a las compañías tabacaleras parezca una medida de progreso, no lo es, pues ella establece un peligroso precedente para coartar la libertad humana.


Fuente: geocities.com