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Según la Historia del Mundo escrita en 2537, a principios del siglo XXI el denominado "cigarrillo" mataba cada seis segundos



La página era extraña, y llamarla página ya es un abuso de lenguaje. De hecho, las letras que la poblaban no eran letras sino una forma rara de figurar palabras, una forma que yo entendía pero no sabría describir. Y el idioma que formaban también me resultaba misterioso, desconocido pero comprensible. Quién sabe cómo me había encontrado con esa Historia del Mundo escrita en 2537, y la encaré con el placer de saber, antes que nada, que el mundo seguiría existiendo en 2537, y con el miedo, después, de todas las otras cosas que estaba por saber. Era una ilusión: vaya a saber por qué, sólo conseguiría leer lo que el ¿libro? contaba hasta el año 2000.

“Se han intentado muchas definiciones de esa época –decía, poco más o menos: la prosa académica seguía siendo ríspida–: la llamaron la Edad de la Revolución Industrial, la Edad de los Grandes Genocidios, la Edad de las Comunicaciones, la Edad del Primer Socialismo, pero nada define a esos años comprendidos entre 1880 y 2000 mejor que el título, ya consagrado, de Edad del Suicidio General.

“Fue un momento civilizatorio muy curioso: la humanidad creció como nunca antes, la población mundial pasó de 1.500 a 6.000 millones, las sociedades saltaron del ábaco a la computadora, del sulky –decía sulky– al jet, de la charla en la esquina al celular, del teatro de títeres a los 300 canales de televisión, de la muerte por gripe al transplante de corazón, de los imperios coloniales a las repúblicas formalmente independientes, de la sumisión de las mujeres a su participación en los gobiernos. Y, al mismo tiempo, se generalizó entre aquellos hombres y mujeres el uso de unos artefactos muy primitivos que, consumidos en cantidades suficientes, aseguraban la muerte anticipada: consistían en hojas secas y picadas de una planta llamada tabaco, envueltas en un pequeño cilindro de papel alquitranado que se consumía prendiéndole fuego por una de sus puntas mientras se mantenía la otra entre los labios. Los consumidores inhalaban el humo resultante que, tras envíar a sus pulmones, expulsaban tratando de formar figuras: era lo que entonces se llamaba ‘fumar’. Ese humo o fumo producía enfermedades muy diversas que aceleraban en varios años la muerte del usuario.

El uso de los llamados "cigarrillos" acompañó aquel crecimiento social y demográfico: en 1925 se consumían en todo el mundo 10.000 millones de especímenes por año; en el 2000, 15.000 millones por día. No había ningún otro producto que vendiera más unidades en todo el planeta. Y no hubo ninguno, nunca, que tuviera su eficacia venenosa: a principios del siglo XXI el llamado ‘cigarrillo’ era la primera causa de muerte en el planeta y cada seis segundos mataba a una persona: más de cinco millones por año. Pero ya entonces se empezaba a percibir su declive. En esos años, el peso del consumo pasó a los países más pobres, porque los ricos empezaron a prohibirlo. La ofensiva se justificó, inicialmente, por razones económicas: los Estados arguyeron que el costo médico de la atención de los fumadores era enorme, y que las grandes tabacaleras debían solventarlo, por lo que les cobraron multas gigantescas. El argumento era taimado: en realidad, gracias a la muerte anticipada de los fumadores, los Estados se ahorraban muchísimo dinero en pensiones y otros gastos afines.

“En cualquier caso, los fumadores de los países ricos empezaron a sufrir una fuerte descalificación social –‘fumar, decia una canción de época, es cosa de negros’– y las grandes tabacaleras volcaron su esfuerzo comercial al entonces llamado Tercer Mundo, con todo éxito: en el año 2000 el mundo contaba 1.200 millones de consumidores, de los cuales 1.000 millones vivían en los países pobres.

“Lo curioso, lo realmente curioso es que, según las descripciones de época, el consumo del ‘cigarrillo’ no era particularmente placentero: se trataba –informan– de un humo caliente, que inundaba la boca con un sabor amargo, podía causar tos y mareos, impregnaba a quien lo usaba de un olor repugnante y no producía ningún efecto especial sobre su conciencia. Las descripciones insisten en que otros consumos en boga tenían ventajas evidentes: las bebidas alcohólicas ofrecían buen sabor y un agradable estado de euforia, las plantas cannábicas una ensoñación descrita como muy placentera, las cocáceas una sensación de poder y energía. Por supuesto que todas ellas –sostienen– podían resultar muy desagradables si se consumían en dosis excesivas, pero ése era el mecanismo de esos mecanismos: algo que se consumía por placer y provecho resultaba displacentero y dañino si se consumía demasiado. El ‘cigarrillo’, en cambio, no resultaba particularmente benéfico ni deleitable en ninguna dosificación y, sin embargo, fue la droga más consumida.


suicidio por fumar


“Los estudiosos nunca pudieron dar una explicación satisfactoria al enigma de por qué la humanidad decidió envenenarse sistemática y laboriosamente con ese adminículo. Una de las hipótesis más en boga fue la de la venganza. Como decía un texto de esos años, en su característica monserga de época: ‘La venganza es un proyecto complicado: supone la fabricación de una idea de justicia donde esté claro que quien las da las toma, el reconocimiento de una ofensa dada, la convicción de que es intolerable, la decisión de que debe ser retribuida con algo semejante, el establecimiento de un plan para llevarla a cabo. La venganza es, si acaso, la construcción más clara de un futuro. En octubre de 1492, un barco enclenque se erigió como símbolo de una operación sangrienta y eficaz: un continente se apoderó de otro, lo refundó de cabo a rabo y, en el entrevero, treinta o cuarenta millones de personas del otro murieron más rápido aún que de costumbre. Durante siglos, la matanza de americanos quedó como un baldón sin desagravio; recién ahora empezamos a saber que la venganza americana fue terrible: aquellos días de octubre, los marineros aburridos, calientes y famélicos que llegaron a esas costas se encontraron con morochos desnudos que chupaban la punta de un rollo de hojas encendido por la otra. Aquellos caribes ponían los ojos en blancos, gritaban con errores de ortografía y fornicaban como demonios de antes del HIV. A veces convidaban. Encantados, los marineros se llevaron el tabaco de vuelta a sus comarcas: ahora, 500 años después, esas hojas resultan ser el veneno más mortífero que la humanidad ha conocido’.” “La hipótesis de la venganza fue, durante muchos años, la más aceptada por la comunidad académica. Aunque algunos decían que era sólo un juego literario y otros señalaban que no quedaba claro quién era el sujeto vengador, su fuerza estaba en la debilidad de las demás: no había qué oponerle. Ninguna era satisfactoria. No se podía aceptar que miles de millones de personas se hubieran envenenado conscientemente día tras día porque, como sostenían algunos, ‘el cigarrillo les daba la sensación de libertad’. Ni que fuera ‘una expresión del sentido trágico de la vida en la modernidad’. Ni que deviniera de una ‘colosal campaña de marketing y engaños infernales’. Ni que fuera ‘el correlato civil y voluntario de una época que, por sus grandes holocaustos, estuvo dominado por la muerte’, ni ninguna de las innumerable otras.

“Ni siquiera entonces, durante el Gran Suicidio, circulaban explicaciones claras, y esto también es un dato sobre aquella cultura. Pero, en general, el problema no se planteaba como tal. Y, cuando sí, lo que podemos encontrar son expresiones de perplejidad: ‘Hay algo tenebroso en este privilegio de ser la única cultura conocida cuyos miembros se envenenan a conciencia y sin mayores justificaciones’, escribió, por ejemplo, un oscuro plumífero de esos años, Martin Caparrós” –leí, y la página que no era página se fue desvaneciendo ante mis ojos.

Así, parece, nos verán dentro de cinco siglos. Es triste comprobar cuánto confunde la distancia, qué poco nos entenderán esos pobres señores nonatos –pensaba, justo antes de parar, ya mismo, porque me tengo que ir a por tabaco.

Martin Caparros
Martín Caparrós



Fuente: críticadigital.com




Una pareja de edad avanzada tenía un solo hijo, hermoso y alegre llamado Curisihuari. Un día, mientras la madre tejía una hamaca, el pequeño se colgó de la cuerda suspendida y la estiró. La mujer, enojada, lo empujó y el niño se echó a llorar. La madre no le hizo caso y continuó su quehacer. El padre también oyó el llanto del niño, pero tampoco le hizo caso. Entonces Curisihuari, ofendido, se alejó del hogar. Se había puesto el sol, y el niño no volvía. Los padres comenzaron a preocuparse.

-Vayamos a buscarlo –dijo el padre-; es tan pequeño que seguramente se ha perdido.

-La culpa es mía –agregó la medre-; con mi hosquedad lo he alejado de mi lado.

Durante un buen rato los dos esposos buscaron por la selva, y cuando ya era una noche oscura, por fin lo encontraron. Estaba jugando tranquilamente con otro niño.

-¡Curisihuari! –exclamó la madre.

Al oír la voz, los padres del otro niño salieron de la cabaña e invitaron a entrar a los dos desconocidos. La invitación fue aceptada, y los cuatro se pusieron a conversar animadamente.

-Es tarde –dijo finalmente el padre de Curisihuari-; volvamos a nuestra choza con el niño.

Salieron los cuatro y advirtieron que los pequeños habían desaparecido.
-¡Curisihuari! –llamó desesperadamente la madre.

-¡Maturahuari! –gritó la otra madre.

Empezó la búsqueda de los niños. Pasó la noche, y al salir el sol las dos madres exclamaron al unísono:

-¡Allí están!

Efectivamente, los pequeños estaban jugando tranquilamente con otro niño. No parecían cansados; por el contrario, correteaban alegremente. A las exclamaciones de las dos mujeres acudieron los padres del tercer niño, y todos iniciaron una agradable conversación. Cuando se volvieron en busca de las tres criaturas, éstos habían desaparecido.

-¡Cahuaihuari! –gritó la tercera madre- ¿Dónde te has escondido?

Ahora eran seis los que buscaban a los niños. La búsqueda duró mucho tiempo. La segunda madre y la tercera la abandonaron, pero la primera pareja siguió buscando.

-Buscaremos también a vuestros hijos y os los traeremos –dijeron a las otras dos parejas.

Aquella búsqueda duró mucho tiempo. Parecía que los tres niños habían desaparecido para siempre. Pasaron muchos años. Una mañana los dos progenitores, ya viejos, paseaban a la orilla del mar, cuando vieron que de las ondas salían tres bellos jovencitos que jugaban alegremente. Éstos se dirigieron hacia los dos ancianos con expresiones sonrientes. La mujer reconoció inmediatamente a su hijo a pesar de los años transcurridos.

-¡Curisihuari! ¡Hijo mío! ¡Por fin te encontramos!

-Sí –contestó el muchacho-, soy Curisihuari. Mis amigos son Maturahuari y Cahuaihuari. Quisiéramos volver a nuestros hogares, pero ahora nosotros vivimos en el mundo de los dioses; no podemos volver a andar entre los hombres.

-¿Nunca más podremos volver a veros?

-Sí, podéis vernos, quemando hojas de tabaco. Cada vez que lo hagáis, aparecerán nuestras figuras.

En el mismo instante los tres jóvenes volvieron a sumergirse en las ondas marinas. Con el alma desolada, los dos ancianos volvieron a su choza.

-¡Hojas de tabaco!... –repetía el hombre-. ¿Qué será eso? ¿Dónde podré encontrar esa planta?

-Probemos quemando hojas de todos los vegetales. Alguna será la indicada –respondió la vieja.

El anciano siguió el consejo de su mujer. Recogió hojas de papaya, de algodón y de otros muchos vegetales, y las quemó. El humo de aquellas hojas no trajo a los jovencitos. Los vecinos sentían compasión por aquellos dos ancianos, dedicados a hacer humareda con cuantas hojas encontraban. Finalmente, el viejo fue a buscar a un hombre que tenía fama de conocer el nombre de todas las plantas existentes.

-Mi hijo me habló de hojas de tabaco –dijo cuando llegó a la choza del hombre sabio- ¿Podrías indicarme cuál es esa planta?

-Sí –respondió el hombre-; Curisihuari tiene razón. La planta del tabaco existe, pero crece solamente en la isla de las Mujeres. A nadie permiten desembarcar en sus costas.

-¿Qué puedo hacer?

-Podrías mandar allá algún pájaro, y tal vez éste lograra traer en su pico alguna ramita de tabaco con semillas...

La Isla del Tabaco
El hombre agradeció el consejo del viejo, pero siguió con la desolación en el alma. No era sencillo adiestrar un ave que fuera a la isla de las Mujeres y trajera una rama de una planta desconocida. Sin embargo, a poco andar se encontró con una garza que entendió el pedido y partió enseguida hacia la isla. Pasaron algunos días y como la garza no volvía el hombre se convenció de que toda espera sería vana. Todos se enteraron del motivo que llevaba al pobre viejo a quemar hojas. Un día un joven se presentó con una grulla y dijo al atribulado anciano:

-Es posible que la garza no sea suficientemente robusta como para llegar hasta la isla de las Mujeres. Mi grulla, en cambio, puede volar siete días seguidos sin cansarse.

El hombre agradeció, conmovido, y ayudó a la grulla a posarse sobre un escarpado escollo, junto al mar. Luego volvió a su choza lleno de esperanza. Ahora tenía una posibilidad. Esa misma tarde un colibrí se acercó a la grulla y le preguntó qué hacía allí, sobre aquel escollo.

-Estoy descansando antes de emprender un largo vuelo. Mañana iré a la isla de las Mujeres y, si puedo, traeré una rama con semillas de tabaco.

-¡Ah, qué imprudencia! ¿No sabes que las guardianas de esa isla matan a flechazos a toda ave que se atreva a acercarse?

-Lo sé; pero he prometido aventurarme y mantendré mi promesa.

-Entonces yo iré contigo. Tal vez pueda serte útil.

No había salido el sol aún cuando el colibrí inició el vuelo. La grulla todavía dormía. Cuando se despertó emprendió el vuelo. En la mitad del viaje alcanzó al colibrí, pero vio que éste luchaba con las olas del mar. El pobre pajarito, cansado, no podía sostenerse en el aire. La grulla descendió y lo colocó suavemente sobre un ala.

Cuando llegaron a destino el colibrí dijo:

-Tú debes continuar el vuelo en torno a la isla, sin descender demasiado, pero llamando la atención de las guardianas. Mientras tanto, yo entraré en la plantación de tabaco y me procuraré una rama con semillas.

Cuando las guardianas de la isla vieron a la grulla prepararon sus arcos. La siguieron atentamente con la vista esperando que bajase para herirla. Entretanto, el colibrí arrancó una rama de tabaco con semillas. Cuando el pajarito se posó de nuevo sobre una de las alas de la grulla inició el vuelo de retorno. Es de imaginarse la felicidad del anciano padre cuando por fin tuvo en sus manos la semilla de tabaco. La echó en los surcos y atendió dedicadamente el pequeño cultivo. Cuando las plantas echaron hojas, éstas fueron arrancadas y secadas al sol. Luego el hombre las quemó y, en medio del humo, lleno de emoción, llamó a su hijo.

Curisihuari, Maturahuari y Cahuaihuari enseñaron a los hombres muchas cosas respecto al tabaco y fueron los protectores de las plantaciones.

“Ésta es la verdadera historia del tabaco”, dicen los indígenas de la ex Guayana venezolana, y todos los niños escuchan atentamente esta narración, que pasa de boca en boca y de generación en generación.


Fuente: bibliotecasvirtuales.com


Yo provengo de un estirpe largo y destacado de fumadores. Hablando la pura verdad, yo no puedo recordar a mi madre sin un cigarrillo Tareyton (o dos) encendido en todo momento. Mi padre, quien murió en paz a la edad de 83, fumaba dos paquetes de Lucky Strikes no filtrados al día durante medio siglo. Lo dejó tarde en sus 60 y nunca parecía haber sufrido del vicio. (En cambio, mi mamá, quien murió temprano en sus 60 vivía el suplicio de un cáncer agónico durante la última década de su vida.)

El fumar formaba parte de la vida cotidiana en nuestro hogar. Los vecinos nos visitaban para tomar café y fumar cigarrillos. Había ceniceros en todos los cuartos de la casa, (con la excepción de las recámaras) y los del viejo DeSoto siempre estaban colmados de colillas. La cena nunca terminaba con el postre sino que los adultos saboreaban el último plato de café con cigarrillos después de cada comida -- inclusive el desayuno.

Mis hermanos y hermanas tenían que esperar hasta sus cumpleaños de los 16 para entrar plenamente en el rito. Después de soplar las velas, cada cual recibía un paquete envuelto de regalo que contenía un paquete de cigarrillos de los padres y una invitación a fumar con los adultos. Como el menor, y más rebelde de la familia, se me concedió a mí una entrada temprana en el club a la edad de 15 años. Cinco meses antes de mi cumpleaños de los 16, después de encontrar mi escondite lleno de cigarrillos por enésima vez, mis padres se rindieron ante la realidad y me dieron el permiso de fumar en su presencia.

Fumé durante muchos, muchos años. En la secundaria, fumaba Camel sin filtro. En parte escogí mis cigarrillos según los requisitos de mi economía personal –- pocos fumadores principiantes pedirían un cigarrillo no filtrado -- y en parte por el factor "suave" que impartía el fumar los verdaderos clavos de ataúd. Durante los tiempos estrechos, yo liaba mis propios cigarrillos con el tabaco Drum. Como un joven redactor de texto, mi cenicero siempre en ascuas se desbordaba de forma continua y un paquete nuevo de Marlboro Lights siempre me esperaba al mero alcance de mi máquina de escribir. El fumar y el escribir van juntos como el Fred Astaire y la Ginger Rogers de los hábitos. Inclusive ahora, como un escritor no fumador, es difícil imaginar el uno sin el otro. Atascado en una parte del texto, Ud. se fija detenidamente en la hoja y jala profundamente en su cigarrillo. Al estallarse en los circuitos del cerebro este nuevo vaho, cerrando circuitos pequeños y haciendo enardecerse las neuronas cerebro adentro, la frase exacta de repente se plantea encandilada ante el ojo mental. Sus dedos corren a teclear las palabras antes de que desaparezcan; sus dientes se aprietan duro en el filtro, y el humo viene saliendo a chorros por las narices. Unos momentos después, se inclina en su silla para contemplar la frase que acaba de escribir, y para celebrar esta victoria pequeña: otra bocanada de humo de cigarrillo.

Por el hecho de que los cigarrillos fueron tan íntegros a mi vida por tantos años, dejar de fumar nunca era fácil. A través de los años lo he dejado por períodos que varían entre menos de una hora hasta más de 8 años. He parado en seco, he masticado el chicle y me he puesto el parche. (Yo he encontrado que este último es la herramienta más eficaz.) Por los últimos 13 meses he estado libre de nicotina. Creo yo que esta vez será la última vez que aguanto los horrores de dejarlo. Mi momento de revelación tabacalera vino cuando me agarró un espasmo de toser que por poco me causó la pérdida del conocimiento. Mientras que tosía espasmódicamente, veía estrellas, y me inclinaba en la pared de la ducha en el intento de mantener mi equilibrio. Hace ya más de un año, me di cuenta que el morir de enfisema, el de cáncer del pulmón, o algo parecido sería una manera horrible de dejar el mundo. La manera más eficaz de evitar tal destino es quedarse alejado de los cigarrillos desde un principio.


fumar te quita vida

Sin embargo, si hay un más allá (y me admiten a mi como postulante), yo en definitiva voy a pedir la sección fumadora.

(Robert Giantz, Berkeley, California)

Fuente: wwwparamisalud.com




CCuando cierro los ojos comienzo a ver, como si recorriera una distancia infinita a una velocidad inimaginable, como si la realidad me permitiera abstraerme mas allá, en un viaje remontado por mis alas, para poder comprenderla en profundidad.
Sumergida en realidades y pensamientos, nadando para no ahogarme en ellos, pierde impulso mi esencia y mojo las alas de mi vuelo.
De repente, surge entre las aguas una oportunidad que no percibí antes, la cual, como un tronco en medio del océano, me permite salir del agua por un momento, para descubrir el paisaje, mirar hacia el cielo, respirar, secar mi alas...
En ese instante, impulsada por cierta magia inexplicable, remonto vuelo y diviso el todo de mi reciente experiencia, de mi nado sin rumbo.
Entonces veo el camino desde lo alto, con claridad, y descubro lo maravilloso que fue sentir el agua fresca en mi corazón ardiente, ávido de emociones, y que en el vuelo, aunque el viento me refresque, me acerco al sol, que quema mi alma cuando se pierde del recipiente al cual pertenece, el que permite sentir tantos sentires.
En ese momento decido regresar a mi camino, ya no para nadar sin rumbo sino para fusionar mi alma al cuerpo que me tocó ocupar y nadar volando entre el agua y el cielo, ahora sin sumergirme, sino divisando el horizonte.
Quizás el día en que descubrí mis alas, remonté un vuelo tan elevado que, el camino de mi vida, se tornó tan pequeño que parecía insignificante.
Sin embargo el caminar ocultando mis alas provocaba que viera tan lejano el cielo, que mi vida parecía a medias.
Y así sucedía, desde tan alto o sumergida.
En lo alto mis ojos no veían, solo soñaban; en lo profundo mis alas no volaban, se mojaban.
Creo que es tiempo de volar sobre el horizonte agitando las alas para divisar el paisaje y nadar sobre la superficie.
Cuando abro los ojos comienzo a ver, recorriendo una distancia infinita a una velocidad imaginable, como si los sueños me permitieran abstraerme más aquí, en una vida con alas que me permiten caminar para vivirla con profundidad y disfrutar la magia en momentos que, explicarlos sería perder la razón y vivirlos, encontrar libertad.

Anónimo



Lectura de fin de semana

Desplegar las alas es el secreto de vivir... sin miedos, sin dudas allí... frente a todo, frente a un paisaje conocido o desconocido...
Abrir las alas y volar...
Cuantas veces en la vida cerramos nuestros ojos y la vida parece distinta en ese mágico mundo de sueños... Nos perdemos en los pensamientos, en los sueños, volamos y nos dejamos llevar y llevar...
Protegemos nuestras alas, no dejamos que toquen tierra firme...
Y ahora es el momento de abrir las alas al máximo...
Disfrutemos del paisaje, no nos detengamos ante los obstáculos al contrario pasemos por ellos sintiéndonos fuertes, comprendiendo que el horizonte es la meta y que ese vuelo es sinónimo de libertad...
Como en los sueños, como en esos momentos mágicos en que la mente nos lleva a un mundo desconocido y maravilloso, como en esos instantes en que sólo nos dejamos llevar sin ofrecer resistencia... Está en nosotros el secreto de tener esa fuerza, sólo debemos aprender a volar...

Reflexión: Graciela Heger

Feliz fin de semana.

Rocío







¿Te acuerdas de cuando fumábamos?

La cena terminada pero el mantel aún por levantar, la sobremesa se extendía con perezosa cadencia. El aire de la habitación se conservaba impoluto a pesar de que los seis comensales llevaban ya horas allí; en otro tiempo habría sido como estar en un cenicero. Y es que, a ruegos de la anfitriona, que había pintado el piso hacía apenas un par de meses, los dos únicos fumadores del grupo habían ido saliendo al balcón, cigarrillo en mano, con el ritmo alegre y dinámico del cuco de un reloj. A nadie le pareció mal la petición; si acaso, a la anfitriona, ex fumadora como los tres invitados restantes, que recordaba cómo años atrás se había mofado urbi et orbi de la ridícula moda norteamericana que excluía a los fumadores. Sintiéndose algo culpable, pensó que esa moda, vuelta ley, se le imponía igual que ya se había impuesto en su entorno. Los funcionarios hacen corrillos para fumar a la puerta de los edificios públicos, y los empleados, delante de los bancos; y en los aseos de los grandes almacenes se ven colillas de fumadores vergonzantes que no han aguantado más.

El azar quiso que en ese momento alguien preguntara: "¿Os acordáis de cuando fumábamos?". Y dio la impresión de que evocaba un pasado muy, muy lejano. Nacidos en la época en que fumar era un placer genial, sensual, los seis se habían criado viendo a las estrellas del celuloide con el eterno cigarrillo en la mano. En casa el padre casi siempre era fumador; con menos frecuencia fumaba la madre, al menos en público, pues para la burguesía el tabaco era indicio de liviandad moral en la mujer. Más tarde, ya alumnos de bachillerato, habían recibido clases de profesores fumadores que ejercían como tal en el aula; alguno enlazaba un pitillo con otro, y no era raro encontrar al snob que prefería el aroma del mentolado. Fumar, en fin, era un rito de paso que en su día también habían realizado los integrantes de aquella velada, con las oportunas toses y náuseas, hasta dominar el difícil arte de encender un cigarrillo sin acabar echando el humo por las orejas. ¿Dónde quedó todo aquello?

No hace tanto que en España se fumaba. Se fumaba en todas partes, y quien no lo hacía era una rareza. En los trenes, por ejemplo, había varios vagones para fumadores, cuya atmósfera no tardaba en adquirir la textura de la greixonera de brossat, aunque no su color, mientras que dentro del único vagón de no fumadores, siempre de paso para la cafetería, los escasos parias antitabaco miraban con silenciosa desesperación cómo se enturbiaba poco a poco el panorama. Ah, y también se fumaba en los aviones, en tiendas y comercios, en bares y restaurantes. Sólo se salvaban los cines, aunque antes también se había fumado en sus salas... No; no hacía tanto de eso.

Tras un instante de silencio, un suspiro recorrió la mesa y los dos fumadores emprendieron la enésima excursión al balcón. Los demás intercambiaron una mirada intraducible. Alguien comentó: "Pero ahora la comida sabe mejor, ¿verdad?".


Fuente: Diario de Mallorca




Enganchado al tabaco con solo 3 años.

Un niño de tres años de la localidad de Dianjiang (suroeste de China) necesita hasta diez cigarrillos diarios después de que se volviera adicto por influencia del abuelo, informó el diario Chongqing Evening Paper. Los padres del pequeño tuvieron que emigrar a trabajar a la gran ciudad (Chongqing) y, como otros millones de familias chinas, dejaron al niño al cuidado del abuelo. El anciano es un fumador empedernido desde hace años, y cuando el niño empezó a mostrar curiosidad por su pipa el año pasado el abuelo se la daba a probar como un juego. A partir de ese momento el niño requería la pipa o los cigarrillos a diario, y si no lo conseguía se ponía a llorar o se mostraba muy inquieto. "Es culpa mía", reconoce el arrepentido anciano, que fue consciente de la adicción de su nieto cuando ya era demasiado tarde.

Una psicóloga del Hospital Infantil de Chongqing, Mei Qixia, ha tenido que intervenir, ya que el abuelo intentó "desenganchar" al niño pero no contaba con los conocimientos necesarios. "Para acabar con la adicción, lo importante es que los familiares dejen de fumar", señaló Mei como primer consejo. "Cuando quiera fumar, hay que distraer su atención con juguetes. Si todavía no puede conseguir que el niño se desintoxique, tendrá que ser obligatorio el tratamiento con medicamentos", finalizó.

Unos 1,2 millones de chinos mueren cada año por enfermedades producidas por la adicción al tabaco, por lo que China lidera el ranking mundial de muertes por tabaquismo. En China hay 350 millones de fumadores del total de 1.300 millones que hay en todo el mundo.


niño fumando

Policía, monitor, profesor, maestro... ¿Formador, Preceptor? .

Situación: un fin de semana; disfrutábamos de una convivencia con chicos de 1º ESO (12 años). El adulto responsable era yo: a la sazón, su preceptor (ni policía, ni padre, ni profesor...).

Me viene Pablo (nombres ficticios):
- Aslanfirst, ¿puedo contarte un secreto?
- Claro, Pablo.
- Hoy he fumado...

Cara de normalidad..
- Hombre, gracias por confiar en mí y contarme tu "machada" (por dentro: - Dios mío, qué hago..?)
- Hemos fumado todos... ¿Podemos fumar otra vez ahora?
- Pero, ¿desde cuando fumáis?
- Respondo, preguntando en defensa, y aturdido...
- Pepe, en el cole desde hace un mes. Nosotros hemos empezado hoy.
Pienso: que me lo digan es un gran paso; si no, lo harían a mi espalda y estarían todo el día de escuchitas. Si se los prohíbo lo encontrarán tremendamente atractivo y no les animará a dejarlo...
- ¿Qué dirán vuestros padres?
- Nada, no se lo diremos... además mi madre fuma; y mi padre
(dice otro); mis hermanos y mi hermana también: les diré que me han enseñado ellos. (dice otro más)
- Vale: fumad, pero fuera de la casa.
No sabía dónde me estaba metiendo.

Mientras lo hacían les fui repasando todos los efectos del tabaquismo: aceleración de enfermedades cancerígenas, propensión a las cardiovasculares, pérdida del apetito, pérdida del sabor, falta de aliento al correr o subir las escaleras... engancharse, imposibilidad de controlar la cantidad que uno fuma, que es carísimo...

Seguían disfrutando del pitillito después de la comida...

- Aslanfirst, ¿nos puedes comprar un paquete de tabaco? Se nos ha acabado el tabaco (lo habían sustraído de casa..)

Noté una sensación curiosa: como de sangre cayendo lentamente resbalando por mi sien.

- Claro, ¿cómo no?

Fuimos a un bar y pusieron dinero entre todos. Después de darles el paquete, lo repartieron a la salida.

- ¿Adónde vais a esconderlo? Ya sabéis que Mamá es experta en encontrar escondrijos... Además el tabaco huele a leguas. Y si se os olvida, seguro que aparecen los filtros flotando en la lavadora: qué vais a explicar...?

Pasamos frente a un restaurante: un hombre fumaba fuera. Le pregunto delante de los niños:
- ¿Qué hace usted ahí?
- ¿que qué hago? El destierro del fumador; si es que no me dejan vivir, ni mi mujer ni mis hijos...
- Pues estos quieren empezar a fumar hoy...
- Ni lo penséis... lo quiero dejar y no puedo, y podía vivir hasta los 85 y sé que no llegaré a los 75...


Dejamos al desterrado y continuamos en silencio. Es Paco, el cabecilla que dice:
- Me fumo estos que ya he pagado y luego lo dejo para siempre...
- Yo también lo voy dejar... Y yo....
y así todos...
- Oye, - le digo - si vais a dejar de fumar ¿me podéis vender vuestro paquete de tabaco?

Y les pagué el precio del paquete y decidieron que ya no querían empezar a fumar, para mi paz y su salud.


niños siguen el ejemplo


Fuentes: www.anecdonet.com – www.libertaddigital.com