La necesidad de oxígeno supera la voluntad, y ajenos a ella los músculos se contraen y expanden en la caja torácica, de manera que se produce un vacío que el aire de la atmósfera se apresura a llenar
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De todos los órganos, quizá el pulmón sea el que tenemos más consciente, el que sentimos más. No en vano podemos decidir si respiramos o no.Y, excepto los yoguis que nos dicen que pueden parar el corazón, este órgano, donde depositamos las emociones y la sensibilidad, funciona a su aire. Podemos decidir cómo respiramos, mientras no haya necesidad. Entonces manda el cuerpo, ese nosotros que no sabemos que lo somos. Es ahí cuando notamos la fuerza de los pulmones. La necesidad de oxígeno –y la acumulación de CO2, el producto de la combustión– supera la voluntad, y ajenos a ella los músculos respiratorios se contraen con fuerza y expanden la caja torácica de manera que al abrir los pulmones se produce un vacío que el aire de la atmósfera se apresura a llenar.
El vacío como mecanismo para la circulación es importante. El corazón se contrae para enviar la sangre que ya tiene oxígeno a los músculos y otros tejidos, pero tiene que volver, cargada de CO2. El corazón utiliza el vacío para aspirar la sangre de las venas.Y de ahí al pulmón. Es una membrana semipermeable, si la estiráramos mediría unos 100 metros cuadrados.
A un lado está la sangre, los hematíes con su hemoglobina que lleva el CO2. Al otro el aire, 20% de oxígeno, el resto prácticamente nitrógeno. La hemoglobina suelta el CO2, de forma que el hierro ya se puede oxidar. Recuerden que dependemos de algo tan elemental como el hierro para transportar el oxígeno. La evolución dio con este metal porque ama el oxígeno. Los hematíes con su hemoglobina oxidada vuelven ahora al corazón desde donde ya pueden ser enviados a todas las células del cuerpo con el precioso botín.
El aire, hasta ahora ilimitado, tiene que llegar a los pulmones, hay que conducirlo a través de las entrañas. Boca, nariz, faringe, laringe, tráquea, bronquios: las vías respiratorias. Penetra a través de ellas y con él lo que lleve suspendido: sustancias químicas, microbios, alérgenos, partículas, todas pueden producir problemas en su recorrido. Desde que los seres vivos tenemos que coger aire de la atmósfera hemos convivido con ese riesgo, y hemos aprendido a defendernos, pero no siempre ganamos.

Además, en los últimos años de nuestra vida como seres humanos nos hemos empeñado en ponernos a prueba.Y la verdad es que no son tan fuertes como nos gustaría. Veo por mi ventana un ciudadano que sale del hospital y enciende un cigarrillo. Está metiendo humo hasta el fondo de los pulmones, cargado de irritantes, cancerígenos y monóxido de carbono. Los irritantes excitan las células encargadas de la defensa a producir moco para atraparlos. Tienen en su superficie unos brazos, cilios, que mueven en oleadas hacia la boca para expulsar el moco cargado.
La inflamación las hace cada vez más incapaces y el bronquio se llena de moco. Todavía nos queda el reflejo de la tos, potentísimo para expulsar cuerpos extraños. No haga nada si a su vecino se le obstruye la vía aérea por un trozo de carne mientras tose y respira: no golpee la espalda. Sólo si fracasa, actúe con decisión: colóquese detrás, rodéele con los brazos, un puño en la boca del estómago que debe hundir con fuerza y velocidad.
El tabaco actúa poco a poco. Los bronquios inflamados se remodelan, cada vez son más ineficaces, cada vez hay más obstrucción, cada vez le cuesta más al aire llegar a unos pulmones que también han sufrido esa agresión.Ya no hay 100 metros cuadrados, la membrana está dañada. La sangre trata de conducirse sólo al pulmón sano, pero no siempre acierta. El resultado es que el aire llega con dificultad a un pulmón que no sirve para intercambiar oxígeno por CO2. El sujeto siente la necesidad de aire, se llama disnea, tose, todo su organismo funciona mal.
El tabaco le dio felicidad durante un buen tiempo, es cierto. Ahora paga las consecuencias. Es la principal causa de bronquitis crónica, pero no la única. No son pocas las exposiciones laborales que como el tabaco producen la enfermedad y como él, también cáncer. Exposiciones que el patrón está obligado a evitar y la sociedad a vigilar que lo haga. También la contaminación atmosférica es reciente. Pero la causa más antigua es el fuego. Lo sufren los niños y las mujeres en las chozas que respiran ese aire cargado.
Evitar o reducir la enfermedad pulmonar obstructiva crónica está en nuestras manos. No debe ser fácil cuando no lo conseguimos. Los seres humanos no somos tan lógicos y sensatos como creemos. Basta ver cómo los más sesudos son incapaces de resolver situaciones indeseables en las que parece que casi todos pierden. Afganistán, Darfur… el tabaco y la contaminación, interior y exterior. No fumar es difícil para el fumador. Y no utilizar el coche, y gastar menos electricidad o calefacción. Todos tenemos algo que hacer.
Fuente: www.laopiniondegranada.es