Fumar, una 'trampa' psicológica

Es frecuente oír a los fumadores, el día que deciden dejar de fumar, que no pueden. Aparece en ellos un estado de ansiedad, irritabilidad, mal humor, conocido como síndrome de abstinencia, que no pueden soportar y llega un momento que, en contra de su "deseo", empiezan a fumar de nuevo, porque prefieren "estar mal fumando" a "estar mal sin fumar". Es cierto que en algunas personas aparece este estado descrito anteriormente al dejar de fumar, pero no es menos cierto que no tiene por qué aparecer, como también ocurre en otras.

Existen dos grupos de personas al dejar de fumar: los que quieren dejar el hábito y disfrutan cuando lo consiguen (en estas personas no aparece ansiedad ni irritabilidad, sino que se encuentran más relajadas y de mejor humor) y los que al dejar el hábito sienten que no quieren dejarlo (y aparecen dudas, impasse, piensan en justificaciones que les permita volver a fumar [trampas] que es lo que genera ansiedad y estrés).


Un placer psicológico.

Las justificaciones o trampas psicológicas son el mayor obstáculo con que se encuentran las personas al dejar de fumar. Este obstáculo lo ponen ellas mismas. Las justificaciones son múltiples: "Un cigarrillo no importa", "Si fumo dos o tres al día no pueden hacerme daño", "¿Por qué esa persona puede fumar y yo no?", "Qué pena, toda la vida sin fumar", "Si dentro de dos o tres meses me voy a sentir mal por no fumar, pues ya fumo desde hoy mismo", "No sé pensar si no fumo", "No tendré el éxito que tenía fumando", "Argumento fuerte dependencia física", etc.


Las trampas psicológicas tienen dos funciones:

1. Indican que la persona no tiene claro que quiere dejar de fumar; lo está consiguiendo, tienen incertidumbre sobre qué es mejor fumar o no fumar.

2. Precipitan a fumar de manera muy justificada para el fumador: "Yo no puedo dejar de fumar", "Esta situación es insostenible, tengo que fumar".

Son sobradamente conocidas las consecuencias de fumar en el organismo y los males que origina (tos, cansancio, dolores de cabeza, catarros, cáncer de pulmón, etc.). Al dejar de fumar se experimenta un placer o mejoría física (desaparece o se frena el daño causado por el tabaco) e intelectual (mayor capacidad de atención y concentración, mayor rendimiento intelectual, recuperación de la memoria, reflejos, etc.), pero se pierde el placer psicológico y bloquea el proceso de dejar de fumar, aparece la resistencia a dejar el hábito. El placer físico que se consigue no es importante comparado con el placer psicológico que se deja.

Las personas, al dejar de fumar, sólo hablan de lo mal que se encuentran sin fumar, de la pérdida de placer psicológico; menos importancia parece tener lo bien que se encuentran físicamente. ¿Por qué es más importante sentirse mal psicológicamente sin fumar que sentirse mal físicamente fumando? ¿No es un placer sentirse bien físicamente? ¿En qué medida valoramos el cuerpo que se le puede privar de salud? ¿Es tan importante estar bien psicológicamente como para renunciar el bienestar físico?


De lo expuesto hasta aquí surgen dos cuestiones:

1. ¿Es la dependencia física, atribuida a la nicotina, la responsable de que se fume y de la dificultad para dejarlo?, o

2. ¿Es la dependencia psicológica, basada en los valores que se depositan en el cigarrillo, la que mantiene esta conducta?

En cuanto a la dependencia física, las observaciones que vamos a exponer llevan a pensar que no tiene la responsabilidad del arraigo de la conducta de fumar. Si no, ¿cómo explicar que haya fumadores que en intentos anteriores de dejar de fumar sufrieran el síndrome de abstinencia y en intentos posteriores no lo hayan sufrido al abandonar el hábito? ¿Por qué si la nicotina tiene una duración en el organismo de cuarenta y ocho-setenta y dos horas, después de abandonar el consumo el síndrome a ella atribuido puede durar semanas e incluso meses? Y según esto, ¿cómo explicar las recaídas después de pasadas estas horas? ¿Por qué personas que llevan cuarenta-cincuenta años fumando dos y tres cajetillas diarias dejan de fumar con extremada facilidad, sin sufrir ansiedad y jóvenes adolescentes que llevan fumando pocos años y pocos cigarrillos sí pueden sufrir e incluso fracasar al intentar dejar el hábito? Es decir, parece que no importa ni el número de cigarrillo fumados ni el número de años de fumador.

Por otra parte, los fumadores, cuando abandonan el tabaco, hablan de un "placer" y una "necesidad física" que les lleva a fumar. Pero, por el contrario, exponen como una de las razones para dejar de fumar que el mayor número de cigarrillos de los fumados en un día no los quieren fumar, son automáticos, no les proporcionan placer, les produce dolor, fatiga, tos, rechazo físico, pero no pueden evitar fumarlos, aunque quieran, ni tampoco reducir la cantidad al número de cigarrillo que creen sí serían de placer. Hay varios puntos a tener en cuenta:

a) Al mismo tiempo hablan de "necesidad física" y de "rechazo físico".

b) No pueden evitar fumar o reducir la cantidad, aunque sí quieren. El deseo psicológico parece más fuerte que el rechazo físico.

c) Su organismo los rechaza, sufre al fumar y se enfadan con ellos mismos por esta autoagresión que no pueden evitar. En ocasiones, después de pocas caladas, tiran el cigarrillo con rabia.

Vemos que no hay correlación entre la sensación de placer que impulsa a fumar un cigarrillo y el placer que de él se deriva en el momento de fumarlo. Algunos fumadores dicen: "No es esto lo que yo quería". Parece, por lo tanto, que no sólo el organismo no tiene dependencia física del tabaco, sino que, por el contrario, lo rechaza, no admite este agente dañino. Esto en los comienzos de empezar a fumar está muy claro: todas las personas han de superar la repugnancia y rechazo que el organismo hace al cigarrillo.


Fuente: Rosa Maria Boal



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